Parolin: con Cristo, incluso el desierto se convierte en refugio
Lorena Leonardi – Ciudad del Vaticano
Desde su construcción, la primera iglesia católica de Kuwait y del Golfo Arábigo, “innumerables cristianos han encontrado en María un manto de protección”. Ayer como hoy, el pensamiento se dirige a “las muchas personas que en todo el mundo se ven obligadas a buscar un lugar de seguridad” a causa de “guerras, pobreza, calamidades naturales u otras dificultades”. Así habló el cardenal Pietro Parolin sobre la importancia de la iglesia de Nuestra Señora de Arabia al presidir esta mañana, viernes 16 de enero de 2026, la celebración por la elevación a basílica menor del templo de Ahmadi.
En la ceremonia, punto culminante de su visita al país, el purpurado recordó los orígenes del santuario, construido sobre las arenas del desierto en 1984, cuando un pequeño grupo de extranjeros llegados para trabajar en la industria petrolera edificó una modesta capilla dedicada a la Virgen.
Un título mariano cuya devoción -prosiguió- “creció de manera constante”, hasta que pocos años después, con la bendición de Pío XII sobre la estatua de madera de Nuestra Señora de Arabia, tallada en cedro del Líbano, se construyó la iglesia. Un templo que recuerda cómo María fue la primera en “encontrar refugio durante un tiempo en esas mismas tierras desérticas”, donde cuidó de Jesús, viviendo “momentos de alegría y momentos de prueba, momentos de partida y de huida, así como momentos de regreso, guardando todas estas cosas en su corazón”.
Ella enseña a cuantos buscan un puerto seguro a “custodiar en lo más profundo del corazón” al Niño Jesús y a “defender la fe” en Él, cualesquiera que sean las circunstancias.
Comentando el Evangelio del día y respondiendo a la pregunta: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”, Parolin explicó que no es posible “acoger verdaderamente al Niño Jesús en nuestras casas y en nuestros brazos si no reconocemos su verdadera identidad y todo lo que esta implica”. Porque, si Cristo fuera solo “un profeta entre muchos” o simplemente “un hombre bueno y un ejemplo moral”, no podría “transformar nuestras vidas” en su nivel más profundo, como en realidad sucede.
Con el corazón y con los labios
Siguiendo el ejemplo de Pedro, que responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”, se fundamenta la llamada a reconocer y testimoniar que Jesucristo es “verdadero Dios y verdadero hombre”, mientras el Espíritu Santo capacita para “creer con el corazón y confesar con los labios” que Jesús es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos.
Aunque concebidos en el pecado -resumió el purpurado-, los hombres y las mujeres son “regenerados” por el Bautismo, convirtiéndose en “nuevas criaturas”, miembros de la Iglesia y “ciudadanos del cielo”, capaces de proclamar “con fe y certeza” que Cristo es el Salvador.
Inmersos en una secularización que “parece avanzar sin freno”, hoy se constata “con dolor” -subrayó el secretario de Estado- que “muchos en nuestro mundo no conocen a Cristo o niegan su identidad”; sin embargo, “la Escritura asegura que a cuantos lo acogen, Él les da el poder de convertirse en hijos de Dios”.
Piedras vivas más resplandecientes que las estrellas
De ahí el deseo de Parolin de que la iglesia de Nuestra Señora de Arabia, elevada a la dignidad de basílica, pueda fortalecer “la fe, la esperanza y la caridad” de todos los que se reúnen en ella: “Que seáis el templo de Dios, piedras vivas más resplandecientes que las estrellas, más magníficas que cualquier edificio de piedra”, aseveró, porque “la verdadera belleza no se encuentra en el aspecto exterior, sino en la belleza del alma”.
De ahí también procede el deseo de que la basílica continúe siendo un lugar de peregrinación, “atrayendo cada vez más a quienes buscan en María -coronada de doce estrellas- descanso para sus fatigas”, y la exhortación a elegir a Jesús y acercarse a su corazón, “piedra viva de la que, incluso en la aridez del desierto, brota un río de agua viva”.
No temer dar testimonio de la fe
Parolin reiteró finalmente la invitación del Señor “a reconocerlo y seguirlo, a convertirse en piedras vivas en la edificación de su Iglesia, una casa espiritual, una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo que pertenece a Dios”. Y, refiriéndose a la iglesia de Nuestra Señora de Arabia, subrayó una vez más su fuerte vínculo con Roma, con Pedro y sus sucesores: “La Iglesia es Pedro, la Iglesia es María. La Iglesia es roca y baluarte, es madre y misericordia, es refugio para los pecadores”.
Por último, exhortó a no temer dar testimonio de la fe y confió a Nuestra Señora de Arabia -patrona de toda la Península- la protección del Estado de Kuwait, de sus ciudadanos y de todos los cristianos.
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