El Custodio de Tierra Santa: «Solo quien vive la guerra no se acostumbra a la guerra»
Massimiliano Menichetti – Andrea Tornielli
«La situación es dramática, de gran dificultad, de gran sufrimiento…». El padre Francesco Ielpo OFM, desde junio de 2025 Custodio de Tierra Santa, pronuncia palabras que pesan como piedras, manteniendo esa serenidad que la mirada evangélica permite en cualquier circunstancia. Este es su diálogo con los medios vaticanos en el estudio de Radio Vaticana – Vatican News durante el Meeting de Rímini 2026.
Este último año han sido tiempos muy, muy difíciles: por la nueva guerra entre Estados Unidos e Irán, por la situación trágica de Gaza y ahora también por la situación de Cisjordania. ¿Cómo están viviendo este momento?
«La situación es dramática, de gran dificultad, de gran sufrimiento. Sobre todo, la gente está muy cansada después de meses de conflicto, de tensión, en los que no se vislumbran perspectivas para un futuro bueno. Y por tanto hay también mucho cansancio, mucho sufrimiento, mucha polarización. La gente en Cisjordania tiene dificultades, no tiene trabajo. Hay una crisis económica importantísima y todo esto pesa sobre las familias, que empiezan seriamente a pensar en dejar esta tierra».
El Papa ha hablado varias veces de la necesidad de una construcción de la paz desarmada y desarmante. Pero en este contexto tan dramático, tan fuerte, ¿qué significa concretamente?
«Todos los caminos que se recorren a través de las armas y de la guerra no conducen nunca a una verdadera paz, así como tampoco conducen nunca a una verdadera seguridad. Y el derecho a la seguridad es un derecho sacrosanto para todos. Pero los instrumentos para llegar a la seguridad y a la paz nunca pasan por el camino de las armas o por el camino de la violencia, sino siempre por el camino de la política, de la diplomacia y, sobre todo, del diálogo, que es un camino evidentemente más exigente y que quizá requiere también más tiempo: sin embargo, es el que verdaderamente conduce y puede conducir después a una paz no solo justa sino también desarmada».
Hace poco más de una semana, al final del Ángelus, León XIV volvió a pedir la solución de los dos Estados. Una solución muy difícil de realizar ya antes de las últimas crisis y que hoy parece casi imposible. ¿Cómo realizarla?
«Ante todo, esta solución es la única que hoy está sobre la mesa, si no hay otras soluciones u otras hipótesis. Por tanto, este es el primer punto. El segundo es que una cosa es señalar esta como una posible vía y otra es comprender cómo poder realizarla, porque objetivamente es realmente muy exigente, muy difícil. De todos modos, hay que partir de una hipótesis y, sobre todo, comenzar a dar los primeros pasos, para que, en unos tiempos que ciertamente no serán breves, una solución concreta, real, realista pueda realmente llevarse a cabo. Impresiona esta insistencia, porque realmente parece imposible, pero es la única posibilidad que yo conozco capaz de tener en cuenta un bien para ambos pueblos».
La Custodia es un faro de paz y de esperanza en un universo, como usted decía, de grandes violencias. ¿Cómo vive usted personalmente este momento? Para construir la paz, concretamente, ¿cómo se actúa como cristianos en aquella tierra?
«Ante todo, es necesario conservar un corazón incontaminado por el virus del odio, del rencor, y es lo más difícil. Cuando pienso en mi papel de custodiar los Lugares Santos, las piedras vivas de la comunidad cristiana, creo que significa custodiar los corazones: corazones que permanezcan abiertos, completamente abiertos al Evangelio, a la belleza del Evangelio y al camino del Evangelio. Que es un camino totalmente diferente, que aparentemente parece derrotado y fracasado. En cambio, testimonia y documenta una victoria; es el camino de la Cruz, que nadie querría afrontar o que nadie querría de algún modo llevar, pero es el único que después, como testimonia nuestra fe, es el que ha vencido».
¿Cómo es la vida de los cristianos y cuánto comparten ellos el destino del pueblo palestino?
«La condición y el destino de los cristianos de Cisjordania es el mismo que el de toda la población, de todos los palestinos que viven al otro lado. Es obvio que nosotros tenemos una atención especial hacia nuestra comunidad, hacia nuestros cristianos, pero sigue siendo una situación realmente dramática, tristemente dramática, marcada por injusticias, por sufrimientos. Creo que nuestra tarea es y seguirá siendo la de permanecer al lado, la de no hacer que se sientan solos y la de sentirse partícipes del mismo destino, de la misma suerte y también de la misma esperanza».
El año pasado se le pidió que asumiera el cargo de Custodio de Tierra Santa. ¿Cómo vivió esta llamada?
«Sabía que era gravoso, pero después de un año debo decir que es infinitamente más gravoso de lo que podía esperar. Sin embargo, me impresionó una carta que el mismo día de mi nombramiento me envió el cardenal Pierbattista Pizzaballa. Me escribió que descubriría con el tiempo la gravedad de esta tarea, de este servicio. Pero añadía: recuerda que al mismo tiempo también podrás descubrir la gracia de los Lugares Santos. Y es verdad. Debo reconocerlo: crecen los desafíos, crece la responsabilidad y crece también el sentido de impotencia, porque es objetivo que no tenemos la solución para todo y no tenemos la posibilidad de cambiarlo todo, o al menos de inmediato, como todos querríamos. Pero al mismo tiempo crece también la conciencia de que hay una gracia que nos precede, que es más grande que nosotros, nos sostiene y me sostiene también en este servicio. Un servicio objetivamente más grande de lo que humanamente cualquier persona podría llevar adelante por sí sola».
¿Qué sentimiento percibe en las poblaciones israelí y palestina? ¿Ve crecer la aspiración a la paz?
«Nosotros registramos, de una parte y de la otra, muchísimas asociaciones, en realidad también amigos, que recorren y luchan por un camino diferente, y esto es realmente muy conmovedor. Sentimos y vivimos una solidaridad también de muchas personas, tanto del mundo judío como del mundo islámico. Y por tanto existe como una especie de irreductibilidad de lo humano, que habita el corazón de todos los hombres independientemente de la religión, de la cultura, que desea y que se arriesga —porque hoy es un gran riesgo, porque existe el riesgo de ser malinterpretados, interpretados mal o instrumentalizados— a documentar, a testimoniar otro camino, otra posibilidad. La gran preocupación que tenemos es también la de no generalizar, porque actos de violencia, actos de injusticia y decisiones políticas no podemos permitir que se conviertan en un sentimiento antisemita: sería aún más grave, un drama dentro del drama. Hay que saber distinguir, hay que saber también reconocer que existe, aunque sea minoritario, un deseo, un anhelo de convivencia».
Si es minoritario en este momento, significa que prevalece esa lógica de la contraposición de la que habló el Papa en el discurso al Meeting. Contra la lógica del odio y de la división propuso como única vía verdaderamente realista la de la misericordia, del amor, del reconocerse hermanos más allá de todo…
«Que es la única vía, y es también la que requiere verdaderamente la conversión del corazón. No nos cansaremos nunca de rezar, de pedir, ante todo para nosotros y después para todos, esa conversión que reconozca lo humano».
Crece el número de las guerras en el mundo, uno se acostumbra a la violencia que se convierte en espectáculo. ¿Cómo se puede contribuir a la construcción de la paz estando lejos de los escenarios de guerra?
«¡Gracias! Solo quien vive la guerra no se acostumbra a la guerra. Para quien está lejos, quizá existe la emoción de un momento ante las imágenes dramáticas. Nace un sentimiento de cercanía. Creo que el primer paso es continuar manteniéndose informado. También el servicio que realizan los medios vaticanos, así como muchas otras realidades de los medios de comunicación, que mantienen encendidos los focos sobre los diferentes conflictos, sobre las diferentes situaciones dramáticas de injusticia. Para un cristiano, pero para todo hombre y mujer de buena voluntad, el primer compromiso es informarse, documentarse. Requiere un sacrificio, porque no se puede uno conformar con una publicación en las redes sociales o con el titular de un periódico: así se corre el riesgo de permanecer quizá dentro de una narración orientada a crear todavía más polarización: es uno de los problemas de los conflictos de estas últimas décadas. No se puede amar aquello que no se conoce. A partir del conocimiento, de la información, uno se forma un juicio y permanece cercano, también espiritualmente, a estas situaciones».
Hoy vivimos en un tiempo en el que la realidad se simplifica. Quizá se nos pide educar en la complejidad de la realidad, también para lograr ponernos en el lugar del otro.
«Es fundamental poder ponerse también a la escucha del dolor del otro, poder escuchar también las lágrimas del otro. Hace algunos años publicamos un libro, como editorial de la Custodia de Tierra Santa, sobre la realidad del asociacionismo de Parents Circle, la asociación que reúne a los familiares de las víctimas palestinas e israelíes, que juntos estrechan vínculos, habiendo ambos sufrido pérdidas terribles. Dicen: nuestras lágrimas tienen el mismo color. Llegar a esto es una gracia, porque después quien tiene un gran dolor inevitablemente baja los ojos, ve solamente su propia herida, y la del otro no interesa. Pero cuando sucede esta gracia de levantar la mirada, ocurre el verdadero milagro. Hoy me estoy dando cuenta realmente de que es prematuro hablar de diálogo y me estoy dando cuenta de que ni siquiera puedo pretender que se reconozca el dolor de la otra parte. Me doy cuenta de que mi tarea, nuestra tarea en este momento, es ponerse a la escucha. Hoy el diálogo es sobre todo escucha. Escucha de tu dolor, lo escucho hasta el final, para que puedas ver que, así como yo te escucho a ti, un día quizá también tú puedas escuchar el dolor de otra persona».
Los Lugares Santos son muchos, son bellísimos, son evocadores. ¿Puedo preguntarle cuál es el lugar que más le impresiona, desde el punto de vista de la mirada del Evangelio?
«Muy sencillamente digo que uno de los lugares a los que tengo más cariño es Cafarnaúm, porque allí está precisamente el lugar de la intimidad, de la familiaridad, de la vida cotidiana. No puedo dejar de conmoverme ante la idea de que está Jesús entrando en la casa de Pedro, que cura a la suegra de Pedro, que está con ellos, que duerme entre aquellas paredes. El Hijo de Dios está allí, en aquella casa. Me conmueve llegar y leer: “Cafarnaúm, la ciudad de Jesús”. Jesús es de Nazaret, pero Cafarnaúm se convierte en su ciudad, porque es el lugar donde Él eligió a sus amigos, los llamó y vivió con ellos. Y este es uno de los lugares que más que ningún otro habla a mi vocación».
Gracias por haber leído este artículo. Si desea mantenerse actualizado, suscríbase al boletín pulsando aquí.