Parolin: La fe y la conciencia cívica son los faros para una renovación social
Edoardo Giribaldi – Ciudad del Vaticano
Fe y conciencia cívica, dos caras de la misma moneda, no opuestas, como a menudo sugiere el debate público. Porque pasar de la mera «tolerancia» hacia el «prójimo jurídico», con quien se comparte únicamente un «espacio de derechos», a la auténtica aceptación de «un hermano o hermana en la humanidad», requiere una humanidad arraigada en lo espiritual, que de otro modo corre el riesgo de «marchitarse en favor de una visión puramente utilitaria». Este es el núcleo del discurso titulado « Creyentes y ciudadanos: Construyendo juntos la fraternidad humana tras 50 años de relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Marruecos», pronunciado hoy, 23 de junio, por el cardenal secretario de Estado Pietro Parolin, en la Academia del Reino de Marruecos en la capital, Rabat. La ocasión fue la solemne sesión de bienvenida e investidura del cardenal como nuevo miembro honorario de la institución multidisciplinaria fundada en 1977 por el rey Hassan II.
50 años de relaciones entre la Santa Sede y Marruecos
Al transmitir los saludos y bendiciones del Papa León XIV, Parolin recordó que el presente año representa el «Jubileo de Oro» de las relaciones diplomáticas entre el Reino de Marruecos y la Santa Sede, establecidas en 1976 y caracterizadas por el «respeto mutuo» y la «profunda convergencia de puntos de vista» demostrados a lo largo de cinco décadas. Estas relaciones, sin embargo, representan «solo un momento» en la perspectiva de «nuestras instituciones milenarias». Un punto en común tangible es la visión de la religión como «baluarte contra el extremismo» y no como «un pretexto para la división».
Este concepto se expresa en las diversas etapas que han marcado la trayectoria de las relaciones entre ambos Estados, comenzando con la visita de Hassan II al Vaticano en 1980 y el viaje de San Juan Pablo II a Marruecos en 1985, el primer encuentro de un Pontífice con jóvenes musulmanes, por iniciativa de un jefe de Estado. Estos fundamentos fueron reafirmados en la visita apostólica del Papa Francisco al país en 2019.
La "compasión activa" de los Estados
Estas reuniones, especificó el Cardenal, siguen siendo el motor de un compromiso compartido con la paz, la justicia y la protección de la dignidad humana. Dichas reuniones se recogen en el Documento sobre la Fraternidad Humana para la Paz Mundial y la Convivencia , firmado el 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi. Este documento afirma que el Creador ha dotado a todos los seres humanos de igual dignidad, instándolos a convivir como hermanos. Esta «verdad eterna» «exige de los Estados compasión activa, respeto mutuo y una solidaridad renovada ante las crisis que azotan a nuestro mundo».
Una hermandad arraigada en la espiritualidad
Este compromiso se fortalece y legitima en la dimensión espiritual, ya que es precisamente al encarnar el "servicio a la comunidad" y reconocer la dignidad intrínseca de todo ser humano que la fe se convierte en "el fundamento sobre el que se edifica la fraternidad humana y se construye un mundo más justo". Por lo tanto, los creyentes están a la vanguardia de la construcción de la paz, como afirmaron en 2019 el Papa Francisco y el Rey Mohammed VI, quienes enfatizaron las palabras del Pontífice: "la espiritualidad no es un fin en sí misma" y "nuestra fe se traduce en acciones concretas".
Este concepto fue reafirmado por el propio León XIV, quien, con motivo del Jubileo de los Gobiernos el 21 de junio, declaró que "la fe en Dios, con los valores positivos que de ella emanan, es una inmensa fuente de bondad y verdad en la vida de las personas y las comunidades". En efecto, añadió el Secretario de Estado, "privada de su fundamento espiritual, la fraternidad corre el riesgo de marchitarse en favor de una visión puramente utilitaria".
Uniendo fe y ciudadanía
Por lo tanto, para una verdadera fraternidad, la fe y la ciudadanía son inseparables. Haciéndose eco de las palabras del Papa Francisco en Rabat, Parolin afirmó que es esencial pasar de la simple «tolerancia», que tolera a los demás, a la «fraternidad», que los acoge. Como la Santa Sede ha declarado reiteradamente, «el nombre de Dios jamás puede servir para justificar el odio». Este concepto fue plasmado por Marruecos en la Declaración de Marrakech de 2016, con la que el Reino reafirmó los derechos de las minorías religiosas en el mundo musulmán, enmarcándolos en una visión basada en la ciudadanía, la dignidad humana y la inclusión.
El valor del diálogo interreligioso
Construir este horizonte requiere diálogo interreligioso. Este es un ámbito en el que los esfuerzos diplomáticos de Marruecos son prioritarios. Parolin cita las palabras de Mohammed VI, afirmando «la hermandad de los hijos de Abraham, pilar fundamental de la rica diversidad de la civilización marroquí». Esta sinergia se manifiesta «en las mezquitas, iglesias y sinagogas que siempre han convivido en las ciudades del Reino». Para la Santa Sede, esta «diplomacia de la cultura y el encuentro» es un aspecto clave para fortalecer las relaciones internacionales. En efecto, explicó el Secretario de Estado, «nuestra fe nos enseña que la dignidad humana no es una concesión de los Estados, sino un don sagrado de Dios, quien creó al hombre a su imagen y semejanza».
Laudato si' y Magnifica humanitas: brújulas de la civilización
Esta «necesidad de dignidad» se enfrenta hoy a numerosos desafíos, entre ellos, la acuciante cuestión de la migración. En este contexto, Marruecos desempeña un papel fundamental a través del Pacto de Marrakech, que «sigue siendo una hoja de ruta compartida para garantizar que los migrantes sean siempre acogidos, protegidos, promovidos e integrados como hermanos y hermanas, encarnando así concretamente esta fraternidad universal que rechaza la exclusión».
Este compromiso también se manifiesta en el cuidado de nuestra casa común. Las directrices de la encíclica Laudato si' , señaló Parolin, son coherentes con los esfuerzos pioneros de Marruecos, líder regional en energías renovables, para promover una ecología integral que combine el respeto por la naturaleza con la justicia social. Por último, están los «vertiginosos cambios tecnológicos». En este caso, la brújula es la encíclica Magnifica Humanitas, que afirma que la dignidad humana posee un carácter estrictamente ontológico. «No depende ni de las capacidades, ni de la riqueza, ni del desempeño del individuo. Es un don primordial que precede y trasciende toda la creación humana».
Para afianzar estos valores frente a las "derivaciones de la modernidad", el cardenal identificó la educación de la juventud como la "piedra angular definitiva". "Es el único baluarte capaz de proteger a nuestros hijos de los espejismos del nihilismo y las derivas del fanatismo, para convertirlos en los verdaderos constructores del mundo del mañana".
Dar testimonio de la fraternidad
El cardenal concluyó su intervención reafirmando que, cuando convergen la conciencia cívica y la fe, se convierten en artífices de un profundo cambio social. El deseo de un mundo más justo no basta, afirmó: se requiere un compromiso paciente, concreto y concertado. «La verdadera paz, en efecto, no puede sucumbir al pragmatismo de los acuerdos efímeros; se construye, con perseverante paciencia, a través de una auténtica cultura del diálogo. Es precisamente mediante esta construcción de la paz que podremos garantizar los derechos fundamentales de cada persona y consolidar el ejercicio de la libertad». La esperanza final, por tanto, es que Marruecos y la Santa Sede continúen «trazando juntos los caminos del futuro y ofreciendo al concierto de las naciones el testimonio vivo, radiante e infalible de nuestra fraternidad».
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