Monseñor Michel Jalakh, arzobispo maronita de Nisibi y secretario del Dicasterio para las Iglesias Orientales Monseñor Michel Jalakh, arzobispo maronita de Nisibi y secretario del Dicasterio para las Iglesias Orientales

El arzobispo Michel Jalakh: cerca de los libaneses que viven el martirio cada día

El secretario del Dicasterio para las Iglesias Orientales, originario del este de Beirut, exhorta a «no cerrar los ojos ante el sufrimiento» de su tierra, que en la guerra «paga el precio de las tensiones» regionales y mundiales.

Giada Aquilino - Ciudad del Vaticano

Un país que «paga el precio de las tensiones, tanto regionales como mundiales», en el marco de «su ubicación geográfica y política»: detrás de las decisiones de todos los «responsables» implicados, «hay gente que muere, que sufre, padres y madres que pierden a sus hijos ante sus propios ojos o, a la inversa, hijos que ya no encuentran a sus padres». Así es el Líbano de hoy, más de una semana después del inicio de los bombardeos israelíes sobre el país de los cedros contra posiciones de Hezbolá, en palabras de monseñor Michel Jalakh, arzobispo titular de Nisibi de los maronitas. Originario de la zona este de Beirut, desde 2023 es secretario del Dicasterio para las Iglesias Orientales. A través de los medios de comunicación vaticanos, el prelado lanza un llamamiento a «no cerrar los ojos ante el sufrimiento» de su tierra, a «no pensar que está lejos de nosotros: debemos seguir al menos hablando de ello», explica.

Víctimas también entre los desplazados

Los datos oficiales del Ministerio de Sanidad libanés, en una actualización tan trágica como inexorable, hablan de más de 600 muertos y más de 800.000 desplazados desde el 2 de marzo.

Es el propio arzobispo Jalakh quien recuerda que en las últimas horas «por desgracia ha habido un ataque contra gente pacífica que es más que desplazada: se fue a dormir a la playa y allí fue asesinada». Se refiere al ataque israelí sobre el paseo marítimo de Ramlet al Bayda en Beirut, que ha causado al menos 8 muertos y más de 20 heridos. Las condiciones son «terribles», se trata de personas «que estaban en la playa, pero también en las aceras, porque los centros de acogida ya están llenos». Los jóvenes no van al colegio, más allá de los peligros inmediatos, porque los centros educativos se han habilitado para acoger a los desplazados. Esto ocurre con las escuelas, pero también con «los monasterios, las universidades y otros centros», y esto, de hecho, «sin duda paraliza todo, la sociedad y el país», una nación, subraya monseñor Jalakh, ya «débil».

Padre Pierre El Raii

El Papa, en la audiencia general del miércoles 11 de marzo, recordando al padre Pierre El Raii, el párroco maronita de Qlayaa asesinado el lunes en un ataque israelí, habló de los pueblos cristianos del sur del Líbano, que en estos días están viviendo, «una vez más», dijo, el drama de la guerra. «Son pueblos mártires, porque es la fe de quienes permanecen y viven allí a diario lo que los mantiene “unidos” a esa tierra, convencidos de vivir juntos con los hermanos musulmanes y con los demás libaneses. Es gente que tiene el martirio ante sus ojos cada día».


Un ejemplo es precisamente «el padre Pierre, que pagó con su vida el hecho de estar con la gente, como sacerdote, párroco maronita convencido y arraigado en su vocación, que animaba a los feligreses a quedarse. En el fondo, creo que su sangre y su sacrificio los pagan también toda la comunidad cristiana y, en general, la libanesa».

En un momento de continuas órdenes de evacuación por parte del ejército israelí, el hecho de permanecer en esa tierra «es una decisión radical, continua, cotidiana: porque una vez que se abandona, es difícil volver». El padre Pierre fue «uno de los muchos párrocos, no solo maronitas, sino de diferentes Iglesias, ortodoxas, greco-melquitas, siro-católicas; todos animan a sus fieles a quedarse. De lo contrario, se perdería una característica fundamental de la identidad del Líbano, que es la de vivir juntos, no en “cantones” confesionales, en un solo país».

El papel de la Santa Sede


Ante una emergencia que se extiende, esta semana fue el ministro de Asuntos Exteriores y de los Emigrantes, Youssef Rajji, quien informó de que el Líbano ha recurrido a la Santa Sede para pedir ayuda y protección con el fin de preservar la presencia de los cristianos en el sur del país, a través de una conversación telefónica con el arzobispo Paul Richard Gallagher, secretario para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales. «La Santa Sede desempeña un papel fundamental para un país como el Líbano, donde es posible precisamente la convivencia y la vida en común entre diferentes religiones», lo que lo convierte en un «modelo» para otras naciones, «sobre todo para Europa y aquellas sociedades» en las que se observan fricciones y tensiones al respecto. La Santa Sede puede hacer «mucho», sobre todo en el «ámbito diplomático», porque «no tiene ningún interés personal, estatal, económico ni armamentístico, sino que solo busca el bien de la persona». En esta perspectiva, el Dicasterio para las Iglesias Orientales, que «se ocupa principalmente de cuestiones canónicas, eclesiásticas y relativas a los nombramientos de obispos», no olvida «las ayudas, que responden a las necesidades de la gente», a través de contactos constantes con agencias europeas o estadounidenses y con los responsables eclesiásticos.

Justicia y perdón

Porque, mirando atrás, más allá de la crisis económica que se agudizó en 2019 y de la emergencia del covid, para el Líbano «no se puede hablar de un pasado de guerra». Por desgracia, es un «presente continuo». «Mientras no haya una paz duradera a nivel regional —reitera—, el Líbano seguirá sufriendo», en una realidad que necesita «hacer justicia a la gente». Y el deseo es precisamente que «haya justicia y perdón».


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13 marzo 2026, 11:32