Cardenal de Mendonça: La poesía enseña a escuchar y a construir la paz
Eugenio Murrali – Ciudad del Vaticano
La poesía es una de las formas más profundas de escucha. Nace del silencio y quizá exige a los poetas convertirse, más que en autores, en intérpretes capaces de entrar en sintonía con lo universal, visible e invisible. De ese misterioso diálogo con la creación surge la palabra en la voz de los poetas, pero también esa capacidad de hacer espacio en el interior que convierte la poesía en una educación para la paz.
“El aleteo de una mariposa -observa el cardenal José Tolentino de Mendonça- o el aleteo de las sílabas en una palabra encienden dinámicas de sentido, de luz o de oscuridad en el corazón humano. La poesía nos ofrece palabras desarmadas y también desarmantes, porque trabaja con la sorpresa. La poesía es propedéutica al arte de la paz”. Resuenan así las reflexiones del prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación, quien, con ocasión de la Jornada Mundial de la Poesía -instituida por la UNESCO en 1999- responde a varias preguntas sobre la importancia de este arte para una humanidad cada vez más amenazada por la guerra. El cardenal y poeta no tiene dudas: “La poesía está del lado de la paz”.
Un pacto con el futuro
Un vínculo antiguo une el arte poético con la verdad. “Como decía Charles Baudelaire -explica el purpurado-, la poesía pone el corazón al desnudo, y esa desnudez, cercana a las grandes preguntas humanas, construye caminos hacia la verdad. El gran poeta Paul Celan decía: ‘Solo manos verdaderas escriben verdaderos poemas’”.
En el torbellino de la modernización, la palabra lírica señala la persistencia de lo humano. En la carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, el Papa León XIV recuerda su importancia: "En cualquier caso, ningún algoritmo podrá sustituir lo que hace humana a la educación: la poesía, la ironía, el amor, el arte, la imaginación, la alegría del descubrimiento e incluso la educación en el error como oportunidad de crecimiento".
A partir de ello, de Mendonça observa: “El algoritmo vive de la repetición. Es un mecanismo sonámbulo, mecánico, que repropone pasos ya dados, mientras que la poesía nos abre al camino no recorrido, a lo aún no descubierto”.
La búsqueda de la “palabra no dicha”, de lo inédito que habita el mundo, constituye una riqueza. “Cuando se comienza un poema no se sabe, y ese no saber es un capital humano en la construcción de nosotros mismos. El gran peligro del algoritmo es quitarle al hombre la capacidad de lo posible, de aquello que todavía no hemos sido pero podemos llegar a ser en el encuentro, en la relación, en el don, en el acercamiento misterioso a un umbral. El algoritmo habla siempre de ayer; la poesía tiene un pacto con el futuro”.
La ardiente soledad de los poetas
“¡Viva la poesía!”, escribía el Papa Francisco en un libro con ese título, recordando la importancia de este arte para “ser humanos” y su papel en la formación de los sacerdotes. A partir de esa idea, el cardenal afirma que “en la ardiente soledad de algunas biografías poéticas hay una gran lección”, y menciona al poeta portugués Fernando Pessoa, quien sufrió por permanecer fiel a sí mismo y vivió cada día “en una tensión permanente”, intentando reconducir las grandes experiencias vitales a una dimensión poética, es decir, a una dimensión de conciencia y lucidez.
El prefecto recordó también cómo el Papa Francisco, en el vuelo de regreso de su viaje a Tailandia y Japón, subrayó que Occidente puede aprender de Oriente a “mirar también poéticamente las cosas”. “La poesía es también lentitud, es ceremonia ante la vida, es veneración, es conciencia de que estamos cerca de lo sagrado en lo cotidiano, es valorización de la contemplación y del silencio. En este sentido, la poesía puede constituir una educación espiritual”, explicó.
Un instrumento educativo
El 27 de febrero pasado, al concluir los ejercicios espirituales, el Papa León XIV evocó al Doctor de la Iglesia San John Henry Newman y su poema El sueño de Geroncio, “donde Newman -afirmó el Santo Padre- utiliza la muerte y el juicio de Geroncio como un prisma a través del cual el lector es llevado a contemplar su propio miedo a la muerte y su propio sentido de indignidad ante Dios”.
Este santo, teólogo y amante de la poesía, tiene mucho que enseñar. “San John Henry Newman desempeña un papel muy importante en la fundación de la modernidad y se compromete con la educación para la paz afirmando que cada generación necesita recibir de la anterior una confirmación y un conocimiento, y debe gestionar y metabolizar esa herencia transformándola en energía de visión, de proyecto y de capacidad para habitar responsablemente el mundo”. En este sentido, la literatura y la poesía son recursos educativos indispensables.
Una escuela de lo universal
En un discurso dirigido a los jóvenes de Pordenone en 1991, titulado Sin conversión no hay paz, el poeta David Maria Turoldo afirmaba que la paz es quizá el único tema verdaderamente revolucionario, pero también el más difícil. Para de Mendonça, “la paz nos enseña el ‘nosotros’, habla de lo humano como un patrimonio común”. Su complejidad radica en que con frecuencia estamos tentados de dividir, de oponer incluso una lengua a otra.
La poesía, en cambio, nos enseña que somos hermanos, porque va más allá de las fronteras nacionales y “existe como un gran repositorio de humanidad”.
El purpurado añade: “La literatura es una escuela de lo universal, porque valora lo universal y comprende que las grandes ideas y las imágenes más bellas no tienen verdaderamente autor. Muchos poetas creen que la poesía es preexistente a todas sus formas, y que nosotros podemos sintonizar con ella y escucharla. Y eso nos habla de paz, porque no es la visión contrapuesta ni la reivindicación de lo que me pertenece, sino la contemplación y la afirmación de lo que pertenece a todos”.
Sin silencio no hay poesía
La palabra poética no puede prescindir del silencio, que a menudo atrae a los poetas. “Es una palabra -concluye de Mendonça- que primero ha sido fundada en el silencio y después puede germinar. En la palabra poética permanece la resonancia del silencio, porque el silencio significa escucha, significa hospitalidad. Así, la palabra poética conserva la sed y la inquietud de la búsqueda, habita la verdad con humildad, pero no la proclama ni la impone. Se deja habitar por la verdad y guarda silencio. La poesía es la palabra que espera, que sabe esperar a todos”.
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