El cardenal Radcliffe: El sufrimiento de Ucrania es el sufrimiento del mundo
Jarosław Krawiec y Alina A. Petrauskaitė
El cardenal Timothy Radcliffe acaba de regresar de Ucrania, a donde acudió para expresar su apoyo y solidaridad a la Iglesia local y a las comunidades de la Orden de los Predicadores. Llegó a la capital, Kiev, el 27 de febrero y visitó varias ciudades de todo el país.
Reflexionando sobre su experiencia en el país devastado por la guerra, el cardenal relató algunos de los encuentros más conmovedores que vivió durante su viaje. En medio de la devastación y la destrucción, dijo haber «notado un gran valor», que se expresa en la determinación de las personas «de permanecer en el país y hacer todo lo posible por construir un futuro».
Eminencia, acaba de concluir su visita a Ucrania. ¿Podría contarnos qué lugares visitó y qué hizo durante su viaje?
Comenzamos nuestro viaje en Kiev y fue una experiencia maravillosa. Me conmovió profundamente cuando visitamos el hospital militar y conocimos a algunos de los soldados heridos, además del extraordinario director del hospital, Ivan Yavorskyi. Luego nos dirigimos a Fastiv para visitar la Misión de San Martín. Fue una fuente de inspiración ver a tantos voluntarios y la forma en que cuidan a los niños e involucran a la población local en el servicio que prestan al pueblo de Dios. Jersón fue, en muchos sentidos, el lugar más conmovedor para mí. Allí se puede ver cómo la guerra ha destruido la vida de la gente. Solo quedan unos pocos ancianos.
Sin embargo, fue precisamente allí donde conocimos a personas de gran valentía, decididas a quedarse y a hacer todo lo posible por construir un futuro. En Odesa fuimos recibidos con calidez por el obispo Stanislav Shyrokoradiuk, ordinario de la diócesis de Odesa-Simferópol.
Posteriormente, regresamos a Kiev y luego nos dirigimos a Járkov. Una ciudad que ha sufrido mucho y, sin embargo, una vez más, nos encontramos con maravillosos signos de esperanza. Vimos la labor de las hermanas Orioninas con las madres solas, un lugar lleno de alegría. También participamos en un encuentro con los greco-católicos durante su liturgia y nos reunimos con el obispo Pavlo Honcharuk, ordinario de la diócesis de Járkov-Zaporizhzhia, en la catedral católica.
Al final, volver a Kiev fue casi como volver a casa. Cuando llegó el momento de dejar Ucrania, me alegraba regresar, pero al mismo tiempo me daba pena despedirme de las personas a las que había llegado a admirar y a querer.
Pasó varios días en Ucrania y visitó también Jersón, que se encuentra en la línea del frente, además de Járkov, cerca de la frontera con Rusia. ¿Cuál es la reflexión más importante que se lleva consigo de esta experiencia?
Todavía es muy pronto: necesito tiempo para asimilarlo todo y reflexionar sobre ello. Una de las imágenes más hermosas que vi en Jersón fue la del pan que se horneaba para la gente, preparado allí mismo por voluntarios locales. Todos los días, en el «Padre Nuestro», rezamos: «Danos hoy nuestro pan de cada día», y allí vimos cómo se preparaba ese pan. Al mismo tiempo, también experimentamos la presencia de los drones y percibimos cuán vulnerables son las personas a los ataques. Se podía sentir el estrés con el que deben convivir y el cansancio de soportar día tras día la amenaza de la violencia.
¿Qué encuentro le impactó más durante su estancia?
Uno de los encuentros más intensos fue el que tuve con los hijos de las madres solas en Járkov. Estos niños han soportado tanto. Muchos de ellos se preguntan sobre su futuro y su lugar en el mundo. Ver la alegría que les han llevado las hermanas fue realmente maravilloso. También me impactó profundamente mi conversación con el padre Maksym Padlevskyi en Jersón, quien permanece allí casi solo, sirviendo fielmente en primera línea. Para mí, esa fue una de las experiencias más conmovedoras e intensas.
Durante su visita, también se reunió con miembros de diversas comunidades religiosas: las hermanas orioninas, las carmelitas, los padres basilianos y los dominicos. En su opinión, ¿cuál es el papel de los religiosos en este tiempo de guerra?
Lo hermoso de ser religiosos es que somos hermanos y hermanas. En tiempos de guerra, el peligro es pensar solo en uno mismo y encerrarse en sí mismo. Pero el Papa Francisco nos ha llamado a una fraternidad que abarca al mundo entero. Cada religioso debería ser testigo de esa fraternidad, no solo dentro de nuestras comunidades o de nuestros países, sino de la fraternidad de toda la humanidad unida en Cristo.
Usted se ha encontrado con muchas personas en dificultades. ¿De qué manera pueden las personas de todo el mundo ayudar y apoyar a Ucrania? ¿Cuál es la necesidad más urgente en este momento?
Creo que todos debemos recordar que el sufrimiento de Ucrania no es solo el sufrimiento de un solo país: es el sufrimiento del mundo entero. La pregunta que se nos plantea es si seguiremos siendo un mundo en el que la libertad y la democracia sigan existiendo. Ucrania está en primera línea no solo en este conflicto, sino en un momento decisivo para el mundo. En este momento, debemos recordar que los ucranianos que sufren son nuestros hermanos y hermanas: lo que el profeta Isaías definía como «carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre».
Se está librando una nueva guerra en Oriente Medio. Usted ha lanzado muchos llamamientos a la paz; ¿tiene alguna palabra de esperanza para quienes en este momento viven con miedo?
Siempre hay esperanza. Cada vez que celebramos la Eucaristía, celebramos el sacramento de la esperanza, incluso cuando la esperanza parece ausente. Me entristece profundamente ver cómo se repiten una y otra vez los mismos errores: la ilusión de que los problemas se pueden resolver matando a las personas. No es así. Pero esperemos que, poco a poco, el mundo llegue a comprender que la paz solo se encuentra cuando reconocemos al extranjero como nuestro hermano y nuestra hermana.
Gracias por haber leído este artículo. Si desea mantenerse actualizado, suscríbase al boletín pulsando aquí