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Los Papas que han guiado el Concilio y los Pontífices que han participado en el gran evento antes de la elección Los Papas que han guiado el Concilio y los Pontífices que han participado en el gran evento antes de la elección

Los rostros y las voces del Concilio

Un retrato del Vaticano II, en el centro del ciclo de catequesis de León XIV, a través de los Papas que lo vivieron y de algunos padres conciliares.

Amedeo Lomonaco – Ciudad del Vaticano

Releer el Concilio Ecuménico Vaticano II significa, ante todo, redescubrir su profecía y su actualidad, como ha subrayado el Papa León XIV. Más de sesenta años después de su apertura, el Concilio sigue ofreciendo criterios para interpretar el presente: el diálogo con el mundo moderno, la renovación de la vida eclesial y la centralidad de la misión. Recorrer el Vaticano II a través de los rostros de sus protagonistas, desde los Papas que lo guiaron hasta los obispos y teólogos que moldearon sus textos, implica también un viaje que trasciende los límites de la historia.


Los Papas del Concilio

El XXI Concilio Ecuménico de la historia de la Iglesia fue inaugurado por el Papa Juan XXIII el 11 de octubre de 1962. “Su razón de ser -tal como viene saludado, preparado y esperado, explicaba el Pontífice en un radiomensaje un mes antes del Vaticano II— es la continuación, o mejor, es la repetición más enérgica de la respuesta del mundo entero, del mundo moderno, al testamento del Señor, formulado en aquellas palabras, pronunciadas con divina solemnidad, mientras las manos se extendían hacia los confines del mundo: 'Euntes ergo—docete omnes gentes—baptizantes eos in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti— docentes eos servare omnia quaecumque, dixi vobis (cf. Mt 28, 19-20)'".

Las palabras de Juan XXIII siguen una clara directriz: “el mundo necesita a Cristo, y es la Iglesia la que debe llevar a Cristo al mundo”. Tras la muerte de Juan XXIII, el Concilio fue completado en 1965 por el Papa Pablo VI. El último mensaje del Concilio se dirigió a los jóvenes: “La Iglesia, durante cuatro años, ha trabajado para rejuvenecer su rostro, para responder mejor a los designios de su Fundador, el gran Viviente, Cristo, eternamente joven. Al final de esa impresionante 'reforma de vida' se vuelve a nosotros”. "Es para ustedes los jóvenes, sobre todo para ustedes -decía Montini-, por lo ue la Iglesia acaba de alumbrar en su Concilio una luz, una luz que alumbrará el porvenir, vuestro porvenir".

"La Iglesia está preocupada porque esa sociedad que vais a constituir respete la dignidad, la libertad, el derecho de las personas, y esas personas son las vuestras".


Cuatro futuros Papas y el Vaticano II


Entre los protagonistas del Vaticano II se encuentran también cuatro hombres destinados a subir al trono de Pedro. En la víspera de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, resonaron en Roma, en el Capitolio, las palabras pronunciadas por el entonces arzobispo de Milán, el cardenal Giovanni Battista Montini: “El próximo Concilio —afirmó en esa ocasión el futuro Pablo VI— es la demostración de la posibilidad del Papa de mantener relaciones con la Iglesia y con el mundo, su capacidad de celebrar los mayores acontecimientos de la vida de la Iglesia en su propia casa; su independencia, su libertad, su funcionalidad, que constituyó el núcleo esencial de la Cuestión Romana”.

Entre los padres conciliares se encontraba también un humilde pastor veneciano, el obispo Albino Luciani. En la fase preparatoria, el futuro Papa Juan Pablo I no dejó de aportar su opinión por escrito. En su voto, el obispo de Vittorio Veneto deseaba que el futuro Concilio destacara “el optimismo cristiano”.

Al Concilio también asistió un joven obispo polaco, Karol Józef Wojtyla, quien como Pontífice tomaría el nombre de Juan Pablo II. Su contribución fue particularmente importante para la elaboración de la constitución Gaudium et spes. Como Pontífice, en 1982, al saludar a un grupo de sacerdotes de Estados Unidos, se detuvo a hablar sobre el “gran acontecimiento eclesial de este siglo”: “El Concilio nos dio a nosotros, sacerdotes, muchos elementos para profundizar sobre nosotros mismos, sobre lo que es importante en nuestra vida y sobre cuál es el aporte que realmente podemos dar al mundo”.

También participó en el Concilio Vaticano II un perito del cardenal Frings de Colonia: Joseph Ratzinger, quien tras su elección al trono de Pedro tomaría el nombre de Benedicto XVI. Al encontrarse con el clero romano el 14 de febrero de 2013, recordó así el Vaticano II: “Había una expectativa increíble. Esperábamos que todo se renovase, que llegara verdaderamente un nuevo Pentecostés, una nueva era de la Iglesia, porque la Iglesia era aún bastante robusta en aquel tiempo, la práctica dominical todavía buena, las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa ya se habían reducido algo, pero aún eran suficientes". 


Los cuatro moderadores

Antes de la apertura de la segunda sesión, en 1963, el Papa Pablo VI instituyó un Colegio con la responsabilidad de dirigir el debate en el Aula y agilizar los procedimientos. Esta tarea se confió a cuatro Padres, llamados “moderadores”. Se trataba de los cardenales Gregorio Pietro XV Agagianian, prefecto de la Congregación de Propaganda Fide entre 1960 y 1970 y primado de los armenios; Léon-Joseph Suenens, arzobispo de Malinas-Bruselas; Julius Döpfner, arzobispo de Múnich y Freising; y Giacomo Lercaro, arzobispo de Bolonia. Sus voces dejaron una huella significativa en los trabajos del Concilio.

El Papa Pablo VI y el cardenal Agagianian (foto de archivo).
El Papa Pablo VI y el cardenal Agagianian (foto de archivo).

El cardenal Agagianian tuvo un papel especial en la preparación del Decreto misionero Ad gentes y de la Constitución Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo. El cardenal Döpfner, según escribió en 1976 el diario estadounidense New York Times tras su muerte, fue “nombrado como uno de los cuatro influyentes moderadores del Concilio Vaticano II y se ganó la reputación de progresista”.

Durante el Concilio, el cardenal Suenens invocó un triple diálogo: con los fieles, con “los hermanos separados” y con el mundo no cristiano. También llamó la atención sobre la dimensión carismática de la Iglesia. El Papa Francisco, al encontrarse en 2015 con el movimiento de la Renovación en el Espíritu, subrayó que Pablo VI, en la Misa del lunes de Pentecostés de 1975, agradeció al cardenal Suenens con estas palabras: “En el nombre del Señor le doy gracias por haber conducido la Renovación carismática al corazón de la Iglesia”.

Otro protagonista del Concilio fue el cardenal Lercaro. En el período postconciliar fue nombrado presidente del Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia para aplicar la constitución Sacrosanctum Concilium. “Impulsó la reforma litúrgica —se lee en una carta de 1968 del Papa Pablo VI— mediante diversas iniciativas precursoras, desde cuando fue sabio educador de la juventud y profesor de religión en escuelas públicas”.

Rostros del mundo

Durante la ceremonia inaugural del Concilio Vaticano II, un purpurado, en calidad de cardenal protodiácono, permaneció a la derecha del Papa durante todo el desarrollo del rito. Se trataba del cardenal Alfredo Ottaviani, secretario del Santo Oficio y presidente de la Comisión Teológica del Concilio. La figura del cardenal Ottaviani, destacado representante de la línea conservadora, constituye otro personaje clave del Concilio Vaticano II.

El cardenal polaco Stefan Wyszyński participó activamente en el Concilio, en particular en la redacción de la Declaración Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. En la proximidad del Concilio, preparó a los fieles mediante una serie de vigilias y obras caritativas.

Entre los padres conciliares que tuvieron un papel significativo en el Vaticano II se encuentra el cardenal Laurean Rugambwa, el primer cardenal africano de la historia, nombrado por el Papa Juan XXIII en 1960. Durante los trabajos del Concilio, expresó también sus opiniones sobre las nuevas perspectivas de la música sacra, subrayando la importancia de componer música de origen africano.

Volviendo la mirada hacia Asia, participó activamente en el Vaticano II el cardenal Valerian Gracias, quien contribuyó a las discusiones sobre la misión, la inculturación y el papel de la Iglesia en el mundo moderno. Entre los rostros conciliares figura, por último, un jesuita estadounidense: el padre John Courtney Murray, llamado en 1963 como experto a la segunda sesión del Concilio. Colaboró, en particular, en la redacción del tercer y cuarto borrador de la Declaración Dignitatis Humanae. En 1960, el presidente estadounidense Kennedy se inspiró precisamente en Murray en un célebre discurso pronunciado en Houston, centrado en diversos temas, incluida la separación entre Iglesia y Estado.

Un legado vivo

A décadas de distancia, el Concilio Vaticano II continúa siendo un referente imprescindible. No solo un capítulo de la historia, sino también una brújula para la Iglesia de hoy: en la liturgia, en el diálogo, en la misión y en la relación con el mundo. Leerlo nuevamente a través de sus protagonistas ayuda a captar su actualidad y su fuerza profética, como subrayó el Papa León XIV en la audiencia general del pasado 7 de enero:

“Aunque el tiempo que nos separa de este evento no es mucho, también es verdad que la generación de Obispos, teólogos y creyentes del Vaticano II hoy ya no están. Por tanto, mientras sentimos la llamada a no apagar la profecía y seguir buscando caminos y formas para implementar las intuiciones, será importante conocerlo nuevamente de cerca, y hacerlo no a través “de oídas” o de interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus Documentos y reflexionando sobre su contenido.”

Leer los contenidos del Concilio es también un justo reconocimiento al legado vivo dejado por los padres conciliares, por su compromiso y su fe.

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18 febrero 2026, 14:24