Año de San Francisco. Nykiel: La indulgencia es un encuentro con Dios, no un atajo espiritual
Marek Weresa – Ciudad del Vaticano
No debemos temer que el tiempo sagrado del Jubileo se vuelva “banal”, enfatiza monseñor Krzysztof Nykiel, regente de la Penitenciaría Apostólica, en referencia al Año jubilar especial de San Francisco, proclamado por el Papa León XIV del 10 de enero de 2026 al 10 de enero de 2027, con ocasión del octavo centenario de la muerte del Santo de Asís. El día de la publicación del Decreto de la Penitenciaría que anuncia las indulgencias plenarias para este Año especial, Nykiel habla de una misericordia que trasciende los límites de la justicia humana y enfatiza que la indulgencia no es un “distribuidor de gracias”.
La Penitenciaría Apostólica ha emitido un Decreto sobre la concesión de la indulgencia plenaria en el Año de San Francisco, con ocasión del 800 aniversario de su muerte. ¿Cuáles son las condiciones exactas y quién tiene derecho a ella?
La Penitenciaría Apostólica, en conformidad con la voluntad del Papa León XIV, ha emitido un Decreto que concede a los fieles indulgencia plenaria en el Año de San Francisco, que se celebra con ocasión del 800 aniversario de la muerte del Santo de Asís. La vida del Pobrecillo de Asís demuestra que la misericordia de Dios obra en la historia también a través de quienes han abierto su corazón a su obra. Observando su ejemplo, vemos que la gracia de Dios puede transformar incluso las mayores debilidades. La indulgencia permite liberar el corazón del peso del pecado, pues es la remisión por parte de Dios de la pena temporal por los pecados ya perdonados en el sacramento de la penitencia y la reconciliación, permitiendo que la reparación necesaria se realice con total libertad. Por lo tanto, el Jubileo es una oportunidad para que los fieles reaviven su fe y fortalezcan su relación con Dios y la comunidad eclesial. Para obtener la indulgencia plenaria en el Año de San Francisco, se deben cumplir varias condiciones específicas establecidas por la Iglesia: la confesión sacramental, la comunión eucarística, oraciones por las intenciones del Papa, el desapego interior del pecado y la realización de algunas obras, como una piadosa peregrinación a las iglesias franciscanas, la participación en las celebraciones jubilares, la oración y la meditación con espíritu franciscano, así como actos cotidianos de caridad y humildad que expresen la espiritualidad de San Francisco. Quisiera destacar que un elemento significativo del documento es la atención a los enfermos y ancianos que no pueden salir de casa; ellos pueden unirse espiritualmente a la celebración del Año de San Francisco, ofreciendo a Dios sus oraciones, sufrimientos y dificultades cotidianas, y comprometiéndose a cumplir las condiciones habituales lo antes posible.
La gran experiencia espiritual del Año Jubilar 2025 ha quedado atrás. Ahora vivimos otro momento especial: el Año de San Francisco. ¿Cómo podemos evitar el “cansancio” espiritual causado por eventos excepcionales? ¿Qué podemos hacer para que este tiempo no se vuelva banal?
Esta es una pregunta muy pertinente. Tras las intensas y hermosas experiencias espirituales del Gran Jubileo, podemos sentirnos realmente amenazados por lo que podríamos llamar la “inflación de la santidad”, que se experimenta cuando los acontecimientos excepcionales pierden su capacidad de conmover el corazón. Pero en la vida de fe, no se trata de un continuo “más”, sino de un “más profundo”. El Año Jubilar de la Esperanza fue un tiempo de gracia; la Iglesia abrió sus puertas de par en par. Ahora es fundamental preguntarnos: ¿qué me ha sucedido desde ese momento? Sin detenerse y asimilar las experiencias, incluso los momentos más sagrados se quedan en el plano emocional. Puede ser útil volver a las notas, homilías y retiros del Jubileo. Identificar y aislar un solo fruto concreto que haya permanecido en mí (por ejemplo, una mayor confianza, la reconciliación, una nueva práctica de oración), convirtiéndolo en un punto de partida, no en un fin en sí mismo. La figura de San Francisco es particularmente valiosa en el contexto del cansancio espiritual. No propone “más prácticas”, sino sencillez y autenticidad: un retorno a la lectura personal del Evangelio, la alegría por las pequeñas cosas y una fe vivida en las relaciones, no solo en los acontecimientos. El año dedicado a San Francisco puede ser una invitación a simplificar la oración profundizándola, en lugar de multiplicarla; a vivir el Evangelio concretamente, en lugar de simplemente hablar de él. No debemos temer que los tiempos sagrados de los jubileos se vuelvan “banales”. No están destinados a sorprendernos continuamente, sino a orientar el corazón. El Año de San Francisco no debe convertirse en un capítulo más lleno de efectos espirituales especiales, sino en un paso silencioso del entusiasmo a la madurez profunda, de la celebración espectacular a la imitación en la vida cotidiana.
En el documento de la Penitenciaría Apostólica leemos: “Que este Año de San Francisco nos impulse a todos, cada uno según sus posibilidades, a imitar al Pobrecillo de Asís”. ¿Qué mensaje transmite la vida de San Francisco al hombre moderno?
La biografía de San Francisco muestra que la verdadera imitación de Cristo no se basa en declaraciones ni ideas, sino en un estilo de vida concreto y real, arraigado en el Evangelio. Nos recuerda el valor eterno de la pobreza y la sencillez. Al renunciar a la riqueza y al prestigio social, Francisco demostró que la libertad del corazón nace del desapego de los bienes materiales. Para el hombre de hoy, que vive en un mundo consumista, esta es una invitación sumamente actual a la moderación, al uso responsable de los bienes y a poner a Dios y al prójimo por encima de los bienes materiales: se trata de “ser” más que de “tener”. En nuestros días, cuando la fe a menudo es superficial o se reduce a emociones y experiencias, su actitud también fomenta la coherencia entre la fe y la vida cotidiana, y el testimonio dado con acciones, no solo con palabras o emociones. San Francisco enseña el amor activo y fraterno, especialmente hacia los más débiles, los pobres y los marginados. Su vida fue una respuesta a la indiferencia y, a veces, al egoísmo, problemas igualmente evidentes hoy, cuando las relaciones interpersonales tienden a volverse opacas y “lo virtual prevalece sobre la realidad”. Por último, pero no menos importante, Francisco también demuestra que la paz nace de un corazón convertido, no de declaraciones interesadas ni de compromisos engañosos. En un mundo marcado por los conflictos, la violencia social y la inseguridad, su vida es un llamado a construir la paz basada en el Evangelio de Cristo, ¡el único Redentor del hombre!
El decreto habla de la necesidad de “desprenderse del pecado” para obtener la indulgencia. ¿Cómo debe interpretarse concretamente este requisito?
El requisito de “desprenderse de cualquier pecado”, mencionado en el decreto, puede parecer uno de los elementos más difíciles de la teología de la indulgencia. Pastoralmente, vale la pena considerarlo no como un ideal al alcance de unos pocos, sino como una actitud del corazón a la que todo cristiano está verdaderamente llamado. Teológicamente, no se trata simplemente de cometer un pecado, sino de la aceptación interior del pecado, del placer que proporciona o de la disposición a volver a cometerlo. Una persona puede confesarlo y al mismo tiempo albergar en su corazón el pensamiento: “Sé que está mal, no está bien, pero no quiero dejar de hacerlo”. Tal actitud es un apego al pecado que neutraliza la gracia. Por el contrario, el desapego requerido no es una sensación emocional de pureza, sino un acto de voluntad que dice: “Señor, no quiero ningún pecado, ni siquiera el más pequeño”. En primer lugar, no es un estado de ausencia de pecado. Una persona puede tener debilidades, pecados veniales recurrentes e incluso sufrir caídas dolorosas. Lo que importa es la intención y la orientación del corazón: la decisión sincera de romper con el pecado aquí y ahora. Si alguien le dice a Dios: “No quiero el pecado, lo detesto, aunque sé que soy débil”, entonces no hay apego al pecado en él.
¿Cómo ayudar a los fieles en una preparación espiritual más madura para que no traten la indulgencia como un “distribuidor de gracias”?
Es fundamental comprender que una indulgencia es, ante todo, un encuentro con Dios, y su poder no reside en nuestros esfuerzos humanos, sino en la gracia de Dios que transforma el corazón. De esto se derivan varias conclusiones. Todas las prácticas penitenciales, como la confesión, la comunión, la peregrinación y la oración, son instrumentos de preparación que facilitan el encuentro con Dios, pero no reemplazan la experiencia de la gracia. Los auténticos frutos de una indulgencia aparecen cuando una persona se abre conscientemente al poder transformador de Dios, le permite actuar en su corazón, sana las relaciones, perdona y se convierte. Por lo tanto, una indulgencia no es “magia religiosa” ni, como se expresa en la pregunta, “un distribuidor de gracias”, sino una invitación a una relación viva con Dios, en la que el hombre acepta el don de la misericordia, en lugar de querer conquistarlo. Dios obra, y el hombre responde con generosidad y fe. Si los pastores ayudan a los fieles a percibir la indulgencia como una etapa en el camino de la conversión y no como un atajo espiritual, se convertirá en un instrumento de madurez y profundización de la propia fe, y este es, en el fondo, el objetivo principal del Año jubilar de San Francisco.
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