Pasolini: “La muerte interior”, es una oportunidad para la vida eterna
Vatican News
¿Por qué nos cuesta reconocer que la vida eterna ya ha comenzado? La Biblia sugiere que el ser humano, desde el principio, es insensible y hostil a la acción de Dios. Los profetas del Antiguo Testamento denuncian la incapacidad del pueblo para percibir las «cosas nuevas» que Dios realiza, mientras que el mismo Jesús, al constatar la incomprensión de sus oyentes, habla en parábolas. No se trata de simplificar su mensaje, sino de poner de relieve la dureza del corazón humano, cerrado a la posibilidad de una vida plena.
El Nuevo Testamento describe esta condición con una afirmación paradójica: ya estamos muertos, pero no nos damos cuenta. La muerte, de hecho, no es sólo el acontecimiento final de la vida (muerte biológica), sino también una realidad que ya experimentamos ahora, a través de una cerrazón en nosotros mismos que nos impide percibir la vida como algo eterno que Dios quiere darnos. El Génesis nos habla de esta pérdida de sensibilidad a través de lo que la tradición ha definido como “pecado original”: el hombre, en lugar de acoger la vida como don, intenta controlarla, superando el límite impuesto por Dios. El resultado no es la autonomía prometida por la serpiente, sino un sentimiento de vergüenza y de desconcierto.
Esta primera “muerte interior” se manifiesta en nuestro continuo intento de cubrir nuestras fragilidades con imágenes, roles y éxitos, sin abordar el profundo vacío que nos habita. Sin embargo, en la Biblia, Dios no parece alarmarse por esta condición: su primera reacción es buscar al hombre y preguntarle: “¿Dónde estás?”. (Gn 3,9). Esto indica que la muerte interior no es el final, sino el punto desde el que puede comenzar un camino de salvación.
También en el drama de Caín y Abel surge esta lógica: Dios no interviene para impedir el fratricidio, sino que protege a Caín de su propio sentimiento de culpa. Esto demuestra que nuestra “primera muerte” no es un destino ineludible, sino una oportunidad para redescubrir la vida eterna como una realidad presente, no sólo futura. Jesús mismo nos invita a leer las tragedias de la vida como oportunidades de conversión, no como signos de condena (Lc 13,4-5).
Dios ve nuestra muerte interior no como una derrota, sino como el punto de partida para una nueva existencia. El verdadero obstáculo para la vida eterna no es la muerte biológica, sino nuestra incapacidad de reconocer que ya estamos inmersos en una realidad que va más allá del tiempo, si sólo elegimos vivirla con confianza y apertura a Dios.
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