La Encarnación de Dios: una llamada a una fe viva y comprometida
Patricia Ynestroza - Ciudad del Vaticano
En el segundo domingo después de la Natividad del Señor, el Papa León XIV dirigió su reflexión del Ángelus poniendo en el centro el corazón del misterio cristiano: la Encarnación de Dios como fundamento de la esperanza.
La raíz de nuestra esperanza: Dios se hizo uno de nosotros
La esperanza cristiana surge de la cercanía de Dios, que al hacerse humano en Jesús camina con la historia y la vida concreta de las personas, y se manifiesta como una fe viva que reconoce a Dios en lo cotidiano y se traduce en compromiso real con la dignidad, la justicia y el cuidado del prójimo. Un mensaje claro y exigente que recuerda que la Navidad no es solo una celebración del pasado, sino una llamada permanente a vivir una fe encarnada, cercana y comprometida con la vida concreta de los hombres y mujeres de hoy. El Pontífice recordó que la fe cristiana no se apoya en cálculos humanos ni en un optimismo ingenuo, sino en una certeza profunda: Dios ha decidido compartir nuestra historia.
La esperanza cristiana nace de un Dios que se hace cercano
Inspirado en el Prólogo del Evangelio de san Juan —«Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14)—, el Papa subrayó que la esperanza cristiana nace de un Dios que no permanece distante, sino que entra en la fragilidad humana. En Jesús, Dios se hace uno de nosotros y camina a nuestro lado, asegurándonos que nunca estamos solos en la travesía de la vida. No se trata, afirmó el Papa, de un Dios lejano que habita en un cielo perfecto, sino del Dios-con-nosotros, que comparte nuestra tierra frágil y se manifiesta en la vida real.
Una fe verdaderamente encarnada
El Santo Padre explicó que la Encarnación implica un doble compromiso: uno hacia Dios y otro hacia el ser humano. En relación con Dios, invitó a revisar nuestra espiritualidad para que no se reduzca a conceptos abstractos, sino que parta siempre de la humanidad concreta de Jesús. Creer en el Dios hecho carne significa reconocerlo cercano, presente en la realidad cotidiana, en los rostros de los hermanos y en las situaciones concretas de cada día.
El compromiso con la dignidad humana
El segundo compromiso, inseparable del primero, se dirige al ser humano. Si Dios se ha hecho uno de nosotros, toda persona lleva en sí su imagen y un reflejo de su luz. De ahí nace la exigencia de reconocer la dignidad inviolable de cada ser humano y de vivir el amor mutuo como criterio fundamental de las relaciones humanas.
El Papa León XIV insistió en que la Encarnación reclama un compromiso concreto con la fraternidad, la comunión, la justicia y la paz. Cuidar a los más frágiles y defender a los débiles no es una opción secundaria, sino una consecuencia directa de la fe cristiana. “No hay un culto auténtico a Dios sin el cuidado de la carne humana”, afirmó con fuerza.
María, modelo de disponibilidad y servicio
Al concluir, el Pontífice animó a los fieles a dejarse sostener por la alegría de la Navidad para continuar el camino cristiano con esperanza renovada. Encomendó este compromiso a la Virgen María, pidiendo que nos ayude a estar cada vez más disponibles para servir a Dios y al prójimo.
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