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El Concilio explicado por los Papas

El Papa León XIV ha iniciado un nuevo ciclo de catequesis titulado «El Concilio Vaticano II a través de sus documentos». Releemos este acontecimiento tratando de captar su significado y sus perspectivas, a la luz de las reflexiones de los Pontífices.

Amedeo Lomonaco – Ciudad del Vaticano

El Concilio Ecuménico Vaticano II “nos ha ayudado a abrirnos al mundo y a comprender los cambios y los desafíos de la época moderna desde el diálogo y la corresponsabilidad”. Estas palabras, pronunciadas por el Papa León XIV en la primera Audiencia General del año, son también una invitación a volver a reflexionar sobre este acontecimiento central en la historia de la Iglesia.

Las preguntas fundamentales sobre el Concilio -su naturaleza y sus frutos- pueden convertirse, de manera especial, en los ejes de un itinerario que se despliega a través de las reflexiones de los distintos Pontífices.

¿Quién convocó el Concilio?

El Concilio Ecuménico Vaticano II fue convocado por el Papa Juan XXIII y se inauguró el 11 de octubre de 1962. El Papa Benedicto XVI participó en aquel acontecimiento primero como consultor teológico del cardenal de Colonia, Josef Frings, y luego como perito conciliar.

El 11 de octubre de 2012, durante la Misa de apertura del Año de la Fe, el Pontífice alemán recordó las palabras pronunciadas por el Papa Roncalli en la inauguración de aquel histórico acontecimiento.

"En el discurso de apertura, presentó el fin principal del Concilio en estos términos: «El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz… La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina… Para eso no era necesario un Concilio... Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente según las exigencias de nuestro tiempo» (AAS 54 [1962], 790. 791-792). Así decía el Papa Juan en la inauguración del Concilio. A la luz de estas palabras, se comprende lo que yo mismo tuve entonces ocasión de experimentar: durante el Concilio había una emocionante tensión con relación a la tarea común de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado: en la fe resuena el presente eterno de Dios que trasciende el tiempo y que, sin embargo, solamente puede ser acogido por nosotros en el hoy irrepetible. Por esto mismo considero que lo más importante, especialmente en una efeméride tan significativa como la actual, es que se reavive en toda la Iglesia aquella tensión positiva, aquel anhelo de volver a anunciar a Cristo al hombre contemporáneo".

Ingreso del Papa Juan XXIII en la Basílica de San Pedro el 11 de octubre de 1962
Ingreso del Papa Juan XXIII en la Basílica de San Pedro el 11 de octubre de 1962   (Archivio Fotografico Vatican Media)

¿Por qué se convocó el Concilio?

El Concilio Ecuménico Vaticano II se celebró “en un momento en el que la Iglesia siente con mayor intensidad el deseo de robustecer su fe con fuerzas nuevas y de contemplarse a sí misma en la espléndida imagen de su unidad”. Así lo subrayó el Papa Juan XXIII en la Constitución apostólica Humanae Salutis.

En este documento, el Papa Roncalli se detiene también en los motivos que llevaron a la convocatoria del Concilio.

"Ante este doble espectáculo, la humanidad, sometida a un estado de grave indigencia espiritual, y la Iglesia de Cristo, pletórica de vitalidad, ya desde el comienzo de nuestro pontificado -al que subimos, a pesar de nuestra indignidad, por designio de la Divina Providencia- juzgamos que formaba parte de nuestro deber apostólico el llamar la atención de todos nuestros hijos para que, con su colaboración a la Iglesia, se capacite ésta cada vez más para solucionar los problemas del hombre contemporáneo. Por ello, acogiendo como venida de lo alto una voz íntima de nuestro espíritu, hemos juzgado que los tiempos estaban ya maduros para ofrecer a la Iglesia católica y al mundo el nuevo don de un Concilio ecuménico, el cual continúe la serie de los veinte grandes Sínodos, que tanto sirvieron, a lo largo de los siglos, para incrementar en el espíritu de los fieles la gracia de Dios y el progreso del cristianismo"

¿Qué fue el Concilio?

El Concilio respondió al desafío “de comprender más profundamente, en un período de rápidos cambios, la naturaleza de la Iglesia y su relación con el mundo”. El Papa san Juan Pablo II, que participó en este gran acontecimiento como padre conciliar, delineó el significado de este evento en el discurso que pronunció en el año 2000 con ocasión de un congreso internacional de estudio sobre la aplicación del Concilio.

"El concilio ecuménico Vaticano II fue un don del Espíritu Santo a su Iglesia. Por este motivo sigue siendo un acontecimiento fundamental, no sólo para comprender la historia de la Iglesia en este tramo del siglo, sino también, y sobre todo, para verificar la presencia permanente del Resucitado junto a su Esposa entre las vicisitudes del mundo. Por medio de la asamblea conciliar, con motivo de la cual llegaron a la Sede de Pedro obispos de todo el mundo, se pudo constatar que el patrimonio de dos mil años de fe se había conservado en su autenticidad originaria. Con el Concilio, la Iglesia vivió, ante todo, una experiencia de fe, abandonándose a Dios sin reservas, con la actitud de que quien confía y tiene la certeza de ser amado. Precisamente esta actitud de abandono en Dios se nota con claridad al hacer un examen sereno de las Actas. Quien quisiera acercarse al Concilio prescindiendo de esta clave de lectura, no podría penetrar en su sentido más profundo. Sólo desde una perspectiva de fe el acontecimiento conciliar se abre a nuestros ojos como un don, cuya riqueza aún escondida es necesario saber captar".

¿Qué nos deja el Concilio?

Es necesario mirar a la herencia del Concilio, que constituye una fuente siempre viva para el futuro de la Iglesia. Pablo VI, en la audiencia general del 12 de enero de 1966, se detuvo en este “acontecimiento tan raro y tan grande”.

El recuerdo -explica el Papa Montini- remite a un hecho pasado: “la memoria lo recoge, la historia lo registra, la tradición lo conserva; pero todo este proceso se refiere a un momento concluido, a un acontecimiento ya pasado”. El Concilio, en cambio, no queda encerrado en su pasado.

"El Concilio deja a la Iglesia que lo celebró a sí misma. El Concilio no nos obliga tanto a mirar hacia atrás, al momento de su celebración, sino que nos impulsa a mirar la herencia que nos ha legado, una herencia que está viva y que perdurará en el futuro. ¿Y cuál es esta herencia? La herencia del Concilio está constituida por los documentos que fueron promulgados en las distintas fases conclusivas de sus debates y deliberaciones. Se trata de documentos de diversa naturaleza: cuatro Constituciones, nueve Decretos y tres Declaraciones. Pero todos juntos forman un único cuerpo de doctrina y de normas, destinado a ofrecer a la Iglesia la renovación para la cual fue convocado el Concilio. Conocer, estudiar y aplicar estos documentos es a la vez el deber y la gracia del período posconciliar".

¿Qué indica hoy el Concilio a la Iglesia?

Es necesario redescubrir el Concilio “para devolverle el primado a Dios, a lo esencial”. Así lo recordó el Papa Francisco el 11 de octubre de 2022, al conmemorarse el 60º aniversario del inicio del Concilio Ecuménico Vaticano II, señalando la dirección que hoy la Iglesia está llamada a seguir, retomando los pasos de los padres conciliares.

"El Concilio indica a la Iglesia esta ruta: la hace volver, como Pedro en el Evangelio, a Galilea, a las fuentes del primer amor, para redescubrir en sus pobrezas la santidad de Dios (cf. Lumen gentium, 8c; cap. V). También nosotros, cada uno de nosotros tiene su propia Galilea, la Galilea del primer amor, y seguramente también cada uno de nosotros hoy está invitado a volver a su Galilea para escuchar la voz del Señor, "sígueme". Ahí, para volver a encontrar en la mirada del Señor crucificado y resucitado la alegría perdida, para concentrarse en Jesús. Reencontrar la alegría, una Iglesia que ha perdido la alegría ha perdido el amor. El Papa Juan, en sus últimos días, escribía: «Esta vida mía que llega a su fin no podría terminar mejor que concentrándome totalmente en Jesús, Hijo de María… grande y continuada intimidad con Jesús, contemplado en imagen: niño, crucificado, adorado en el Sacramento»(Diario del alma, 977-978). ¡Esta es nuestra mirada alta, nuestra fuente siempre viva! Jesús, la Galilea del amor, Jesús que nos llama, Jesús que nos pregunta “¿me amas?”. Hermanos, hermanas, volvamos a las límpidas fuentes de amor del Concilio".

¿Cómo conocer el patrimonio del Concilio?

¿Cómo hacer que el Concilio esté cerca del camino cotidiano de la Iglesia? Esta es la pregunta que acompaña la catequesis de León XIV en la audiencia general del 7 de enero de 2026. Es necesario conocer el Concilio “de nuevo y de cerca”, y dar este paso “no a través del ‘se dice’ ni de las interpretaciones que se han hecho de él”.

"Al acercarnos a los documentos del Concilio Vaticano II y redescubrir su carácter profético y su actualidad, acogemos la rica tradición de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente y renovamos la alegría de salir al encuentro del mundo para llevarle el Evangelio del Reino de Dios, Reino de amor, de justicia y de paz".

Volver a leer sus documentos y reflexionar sobre su contenido: este es, por tanto, el camino maestro para redescubrir la belleza y la importancia de este acontecimiento eclesial. Un “cara a cara” fundamental también para comprender qué fue realmente el Concilio y qué frutos sigue dando hoy en el camino de la Iglesia.

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07 enero 2026, 16:08