Sistema de artillería de misiles de alta movilidad utilizado en Irán Sistema de artillería de misiles de alta movilidad utilizado en Irán

La carrera armamentística, la realidad de las cifras y la urgencia de la paz

Una reflexión a la luz del Magisterio pontificio sobre los gastos actuales en defensa en el contexto internacional

Andrea Tornielli

El 18 de septiembre de 2025, en una entrevista concedida al Daily Mail, el exvicecomandante de la OTAN, el general Sir Richard Shirreff, declaró que en 100 horas, es decir, en menos de cinco días, el presidente ruso Vladimir Putin podría destruir Europa. Pero más allá de cualquier consideración de orden moral, ¿es realmente posible destruir al otro, al enemigo, con la guerra convencional, sin utilizar armas atómicas que provocarían un apocalipsis nuclear? La afirmación de Shirreff es, como mínimo, discutible y queda desmentida por lo que ocurre sobre el terreno, en esta guerra y en todas las demás, donde parece claro que la realidad es mucho más compleja.

Las noticias sobre los drones

En las mismas semanas en que desde los círculos militares de la OTAN se lanzaban alertas sobre el poder bélico ruso, se difundían noticias sobre el sobrevuelo de drones en los cielos europeos: el 9 de septiembre despegaron cazas militares en Polonia y se cerraron varios aeropuertos; el 22 de septiembre le tocó el turno a Copenhague y Oslo; a principios de octubre se bloqueó el tráfico aéreo en Múnich; a finales de octubre y principios de noviembre le tocó a los aeropuertos de Berlín y Bremen; el 7 de noviembre en Bélgica y, por último, el 4 de diciembre en la base submarina nuclear cerca de Brest, en Francia. En todos los casos citados, no se comunicó a la opinión pública ninguna confirmación ni sobre el origen real de los drones (las noticias iniciales planteaban la posibilidad de que procedieran de Rusia) ni sobre su eventual peligrosidad efectiva. A modo de ejemplo, basta recordar que a lo largo de 2025, solo en Alemania, se produjeron nada menos que 225 interrupciones de vuelos causadas por drones, según lo señalado por la Agencia Alemana de Control del Tráfico Aéreo (DFS) en un informe del pasado mes de enero. Cabe preguntarse, por tanto, si esas alarmas no se han sobrevalorado.

Las leyes de los Estados para el rearme

En esas mismas semanas se aprobaron las leyes de presupuestos de los países de la UE, llamados a pronunciarse sobre el notable aumento del gasto militar: los Estados de la zona del euro deben, de hecho, enviar antes del 15 de octubre a la Comisión Europea y al Eurogrupo el Documento Programático de Presupuesto (DPB), que es debatido, enmendado y aprobado antes de fin de año por los Parlamentos nacionales. El gasto militar global, como es sabido, ha aumentado constantemente en los últimos años (+9,4 % solo en 2024, según se desprende del Anuario del SIPRI: Armaments, Disarmament and International Security 2025), y la OTAN, con el acuerdo alcanzado en la cumbre de La Haya del pasado mes de junio, se propone alcanzar el objetivo de gastar el 5 % del PIB en armamento de aquí a 2035 (3,5 % en armas y 1,5 % en seguridad ampliada). La decisión estratégica de rearmarse impondrá, lamentablemente, una redistribución de recursos, restándolos a las políticas sociales, sanitarias, educativas, de empleo y de protección del medio ambiente. «La política de la Santa Sede desde la Primera Guerra Mundial» ha sido la de «insistir a nivel internacional para que haya un desarme general y controlado, por lo que no se puede estar satisfecho con la dirección que se está tomando», comentó en marzo de 2025 el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado. Las situaciones de fuerte peligro percibido pueden hacer que la opinión pública se muestre más favorable a justificar la carrera armamentística, y el énfasis en el riesgo inminente de una invasión rusa en Europa, más allá de la invasión de Ucrania ya en curso, entra dentro de esta tipología, restringiendo de hecho el espacio para un debate crítico precisamente en el momento de la aprobación de los presupuestos de los Estados.

La carrera armamentística a lo largo de la historia

La historia reciente demuestra que el gasto militar se percibe cíclicamente como una necesidad inevitable. En la posguerra, tras la devastación de un conflicto mundial que se cobró la vida de sesenta millones de personas, y con el posterior inicio de la Guerra Fría, el rearme parecía una condición esencial para la supervivencia. El objetivo de la disuasión nuclear, el equilibrio entre bloques y la amenaza concreta de un enfrentamiento global hacían del aumento del gasto militar un paso casi obligatorio. Con el fin de la Guerra Fría y el colapso de la Unión Soviética, el panorama cambió: en muchas zonas del mundo, el gasto militar disminuyó o se estabilizó, mientras que las fuerzas armadas ampliaron sus funciones a misiones de paz, intervenciones humanitarias y gestión de crisis regionales. La defensa se ha transformado así en una dimensión más cooperativa, centrada en la estabilidad y el derecho internacional. Como bien sabemos, en los últimos años, la guerra ha vuelto al vocabulario cotidiano. Los conflictos de alta intensidad, las tensiones geopolíticas y la competencia entre grandes potencias, junto con la disminución de la atención prestada al derecho internacional, han vuelto a situar el gasto militar en el centro de la agenda política. Se ha llegado a la situación de no renovar importantes tratados contra la proliferación de armas: el último ejemplo es el «New Start», tratado que expiró el 5 de febrero de 2026, cuyo objetivo era reducir y limitar el despliegue de armas nucleares y estratégicas de Estados Unidos y Rusia. Estados Unidos ha defendido la necesidad de un nuevo tratado que incluya a China.  Cabe preguntarse, a posteriori, hasta qué punto ciertas decisiones sobre el rearme se tomaron realmente sobre la base de un análisis estructural de las amenazas.

La comparación de datos

Un elemento útil a este respecto es la comparación de los datos del PIB y del gasto militar de los países de la OTAN, Rusia y China. Las estimaciones para 2025* muestran el siguiente panorama. El año pasado, Estados Unidos tuvo un PIB de 30,62 billones de dólares y un gasto militar de 921 000 millones (3,01 % del PIB), mientras que los demás países de la OTAN, con un PIB conjunto de 26,38 billones, gastaron en armamento y seguridad 574 000 millones (2,18 % del PIB). Si sumamos las cifras, obtenemos el total de los países de la OTAN, es decir, 57,0 billones de PIB y un gasto militar de 1,495 billones, lo que equivale al 2,62 % del PIB. En cuanto a Rusia y China, según las estimaciones del informe SIPRI 2025**, se observa que Rusia, con un PIB de 2,54 billones, ha gastado 187 000 millones en armamento (7,4 %), mientras que China, con un PIB de 19,398 billones, ha gastado 314 000 millones en armamento (1,62 %).

De estos datos se desprende una asimetría en los importes absolutos entre los recursos de la OTAN y los de Rusia. Las impresionantes cifras destinadas al armamento plantean una pregunta: ¿la forma en que hoy se intenta responder a las amenazas actuales contribuye realmente a reducirlas, o corre el riesgo de alimentarlas aún más? El aumento continuo del gasto militar puede dar la impresión de reforzar la seguridad, pero difícilmente aborda las causas profundas de las tensiones que están en el origen de los conflictos.

La industria armamentística

Cada aumento del gasto equivalente al 1 % del PIB supone unos 600 000 millones de euros de gasto adicional al año. Sin embargo, cabe destacar que se trata de datos generales que no tienen en cuenta la distribución real del gasto, en particular entre armamento propiamente dicho y ciberseguridad. Otro punto crítico es la falta de un enfoque europeo verdaderamente coordinado en estos temas: gobiernos con orientaciones políticas divergentes adoptan estrategias nacionales no armonizadas, lo que aumenta los costes y reduce la eficacia global de la seguridad colectiva, con el riesgo de incrementar aún más la dependencia estratégica de actores individuales. El gasto militar sigue siendo un componente fundamental de la seguridad y un motor para los sectores tecnológicos altamente especializados. En las últimas 52 semanas (fuente: Bloomberg), el rendimiento de los índices sectoriales relacionados con los valores vinculados a la producción de armas ha supuesto un +28,97 % para el Europe Stoxx Total Market Aerospace & Defence, y en EE. UU. un +73,45 % para el S&P Aerospace and Defense Select Industry. Sin embargo, esta carrera armamentística conlleva costes políticos, económicos y sociales: implica sacrificios, genera deuda y condiciona la autonomía decisoria de los Estados. En Europa, la presión estadounidense —aunque dentro de una alianza— orienta los estándares, las prioridades y los objetivos de gasto. El famoso 2 % del PIB ya no es solo un parámetro técnico, sino una medida de fiabilidad internacional. Esta asimetría acentúa la dependencia tecnológica e industrial del Viejo Continente en una época en la que las guerras contemporáneas se definen cada vez más por las infraestructuras digitales y las capacidades cibernéticas. Los civiles, lamentablemente, ya no son meros espectadores, sino una parte vulnerable y decisiva del conflicto. Por ello, invertir únicamente en defensa militar corre el riesgo de ser insuficiente: la verdadera prevención pasa por la diplomacia, sobre todo la económica, y por un uso más consciente de la tecnología. La constante deslegitimación de los órganos y del derecho internacional, unida a la sensación constante de peligro inminente —que, como hemos visto, no parece tan real a la luz de las cifras—, lleva también a las generaciones jóvenes a justificar y desear que sus gobiernos se comprometan con políticas de rearme.

Las palabras del Papa sobre el desarme

En el reciente Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2026, el Papa León XIV escribió: «Los repetidos llamamientos a aumentar el gasto militar y las decisiones que de ello se derivan son presentados por muchos gobernantes con la justificación de la peligrosidad ajena. De hecho, la fuerza disuasoria del poder y, en particular, la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y el dominio de la fuerza». Tras recordar el aumento del 9,4 % con respecto al año anterior del gasto militar a nivel mundial, que alcanzó la cifra de 2,718 billones de dólares, es decir, el 2,5 % del PIB mundial, el Papa añadió: «Es más, hoy parece que se quiere responder a los nuevos retos, además del enorme esfuerzo económico para el rearme, con un reajuste de las políticas educativas: en lugar de una cultura de la memoria, que custodie las conciencias maduradas en el siglo XX y no olvide a sus millones de víctimas, se promueven campañas de comunicación y programas educativos, en escuelas y universidades, así como en los medios de comunicación, que difunden la percepción de amenazas y transmiten una noción meramente armada de defensa y seguridad». Ante los escenarios bélicos cada vez más preocupantes y el riesgo de una desinformación insidiosa ligada a los grandes intereses económicos en juego, se hace cada vez más evidente que la seguridad hoy en día no puede concebirse únicamente a través del prisma de la fuerza. El desarme —cultural, político, espiritual— se convierte en una alternativa que hay que considerar con seriedad, porque abre una perspectiva diferente: la de un equilibrio basado en la confianza, la cooperación y la prevención. Reforzar los organismos supranacionales, reforzar los mecanismos democráticos de control dentro de cada país, devolver el espacio al debate crítico y salir de la lógica de la emergencia: estos serían los primeros pasos a dar para construir un futuro más estable, en el que la defensa no excluya el desarme, sino que lo considere parte integrante de una estrategia más amplia y con visión de futuro.

El desarme, entendido no solo como reducción de las armas, sino como una elección cultural, diplomática e institucional, representa la verdadera alternativa estratégica. No es una utopía, sino un camino que se basa en un sano realismo. Ese realismo que ha llevado a los Pontífices a alzar la voz en repetidas ocasiones para evitar aventuras bélicas que han resultado desastrosas. El desarme reduce los riesgos, favorece la cooperación, refuerza la estabilidad internacional y devuelve la centralidad a la dignidad humana. En un mundo en el que las guerras cambian de forma y las tecnologías aceleran las vulnerabilidades; en un mundo en el que las llamadas «bombas inteligentes» siguen masacrando a civiles inocentes, optar por el desarme significa elegir un modelo de futuro diferente: más inclusivo, más consciente y más orientado a prevenir los conflictos que a gestionarlos.

El riesgo de un apocalipsis nuclear

Una visión realista no debería olvidar, en definitiva, que el riesgo de un apocalipsis nuclear parece cada vez más cercano y que, cuando se empieza a considerar posible —aunque sea hipotéticamente— la destrucción total del otro, no se tienen en cuenta los datos de hecho en los que coinciden todos los analistas: la doctrina de la destrucción mutua, garantizada por el uso a gran escala de armas atómicas por parte de un país atacante contra un país defensor dotado de capacidad de segundo golpe (second strike), implicaría, de hecho, la aniquilación de ambos. Ninguna de las dos partes puede «ganar», porque quien ataca primero es destruido por la represalia. En el mundo actual ya existen alrededor de 12 000 ojivas nucleares, el 90 % de las cuales están en poder de Rusia (5459, de las cuales 1718 están desplegadas) y Estados Unidos (5177, de las cuales unas 1700 están desplegadas). Las armas nucleares ya existentes poseen una potencia tal que podrían aniquilar nuestra civilización cientos de veces, mientras que bastarían unas cincuenta para causar daños catastróficos a escala global.

En cuanto a la guerra convencional, hay que reconocer que, especialmente hoy en día, la tecnología disponible da lugar a guerras con un enorme potencial destructivo, que se prolongan durante mucho tiempo, con el riesgo de que nunca terminen o de que favorezcan la expansión del terrorismo y la inestabilidad.  Por eso, la única solución verdadera, que encontramos en el Magisterio de los Pontífices, es abandonar la inhumanidad de los conflictos que registran un creciente poder de muerte confiado a la inteligencia artificial, para volver a la humanidad de la diplomacia, del diálogo y de la negociación. Y del desarme, que para los cristianos encuentra su fundamento en las palabras de Jesús a Pedro en Getsemaní: «Guarda tu espada», dijo León XIV el pasado 11 de octubre, «es una palabra dirigida a los poderosos del mundo, a quienes dirigen el destino de los pueblos: ¡tened la audacia del desarme! Y se dirige al mismo tiempo a cada uno de nosotros, para hacernos cada vez más conscientes de que por ninguna idea, fe o política podemos matar. Lo primero que hay que desarmar es el corazón, porque si no hay paz en nosotros, no daremos paz». Es la invitación «a adquirir un punto de vista diferente para mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la perspectiva de los grandes».

 

* Fuentes: Resumen de la OTAN: PIB 2025 – Fondo Monetario Internacional (FMI), Perspectivas de la economía mundial 2025. Gasto militar 2025 – Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), The Military Balance 2026; Military Balance+ 2026.

** Fuentes de Rusia y China: PIB 2025 – Fondo Monetario Internacional (FMI), Perspectivas de la economía mundial 2025. Gasto militar 2025 – Base de datos de gasto militar del SIPRI.

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14 marzo 2026, 21:43