RD Congo, los minerales cada vez más en el centro de las disputas geopolíticas
Ilaria De Bonis – Ciudad del Vaticano
No solo el este de la República Democrática del Congo (RDC) está en el punto de mira de la nueva economía. Y no son solo el coltán y el cobalto los minerales “ensangrentados” por los que se libran guerras olvidadas. También el sur de la RDC, con su rico yacimiento de manganeso, oro, cobre y litio, está en el centro de las ambiciones expansionistas de las potencias occidentales y asiáticas.
Las minas del Katanga
Hablamos en particular de las provincias del sur del alto Katanga y Lualaba, donde el cobalto sigue siendo el “rey” de los minerales, entre Lubumbashi y Kolwezi. Pero decenas de otros sitios, tanto artesanales como industriales, están en el centro de la “lista de Trump”, mediador del conflicto entre la República Democrática del Congo y Ruanda. Desde hace aproximadamente dos semanas, el gobierno de Kinshasa ha enviado a Washington una “lista reducida” de proyectos mineros sobre los cuales Estados Unidos pronto podrá tomar control, adquiriendo derechos y gestión a cambio de garantías de seguridad en el Norte y Sur de Kivu. La fórmula minerals-for-security elaborada por Trump sirve como preámbulo de los acuerdos de paz entre los presidentes congoleño y ruandés, Félix Tshisekedi y Paul Kagame. Entre los sitios objeto del “intercambio” están también los de la ciudad minera de Kisenge, en el sur del Congo: así lo revela la sociedad civil local, que advierte sobre los evidentes riesgos de “vender a precio de saldo” las riquezas minerales del país. En particular, es Casmia-G —una asociación de trabajadores en la Provincia de Lualaba (antiguo Katanga)— la que pide al gobierno «no ceder las minas a los grandes poderes y no conformarse con sus desechos y migajas». Preocupa, por ejemplo, el destino de la Kisenge Manganese Company, antigua compañía estatal congoleña, cerrada durante 40 años y ahora en la trayectoria del Corredor de Lobito, un megaproyecto ferroviario transfronterizo. Las licencias de extracción de manganeso y oro en el perímetro de Kisenge son vigiladas por Casmia-G, que desea entender mejor el papel desempeñado por los estadounidenses.
Tragedias y violación de derechos
Precisamente en estas tierras ocurrió una nueva tragedia en la noche del 6 al 7 de febrero: según las asociaciones de trabajadores de minas artesanales, en el yacimiento de Tulizembe, a unos 20 km al sur de Kolwezi, en la provincia de Lualaba, al menos once personas perdieron la vida en un deslizamiento; varios mineros resultaron heridos. Una tragedia que pasa desapercibida en Occidente, al igual que la que, con un balance dramático, a finales de enero sepultó a cientos de personas en Rubaya, en el norte de Kivu.
En la fórmula minerals-for-security también está la zona minera de Kipushi, igualmente en el sur: «Estados Unidos acelera su reposicionamiento estratégico en la carrera mundial por los minerales críticos —escribe el portal congoleño Mines.cd—. Robert Friedland, fundador y copresidente ejecutivo de Ivanhoe Mines, participó en la Casa Blanca, junto a Trump, en el lanzamiento del proyecto Vault». Se trata de gestionar una reserva estratégica de minerales críticos valorada en 12.000 millones de dólares. La iniciativa, explica el periódico, busca «fortalecer la seguridad y la cadena de suministro estadounidense de metales indispensables para semiconductores, inteligencia artificial y energías renovables». Vault requiere una inversión inicial de 1.670 millones de capital privado y tiene como objetivo «reducir la dependencia estadounidense de los chinos».
El caos es la normalidad
Pero mientras todo esto ocurre, de manera más o menos opaca y en silencio —y el resto del mundo da por hecho la paz entre RDC y Ruanda, con la firma del acuerdo del pasado 5 de diciembre— en el este la guerra continúa. Decenas de personas mueren, también entre los civiles: el Norte y el Sur de Kivu están a merced del M23 y los Wazalendo; de grupos filo-ruandeses, de facciones partidistas y de milicias del ADF. El caos es la normalidad. Las muchas comunidades desplazadas, con miles de refugiados en Burundi, no pueden regresar a sus aldeas de origen. Y miles de personas han perdido su hogar. El temor de la Iglesia local y de la misión, que narra en primera persona los dramas cotidianos, es que, con tal de cerrar cuentas con la extracción ilegal de minerales en los sitios artesanales y evitar la fuga de minerales clandestinos, el gobierno de Kinshasa acepte cualquier condición dictada por Trump y su administración. De hecho, el núcleo de la negociación no es ni la paz ni la justicia, sino el Regional Economic Integration Framework entre RDC y Ruanda. Es decir, 26 páginas centradas en política minera y cadena de suministro: de la seguridad de los seres humanos y de las comunidades locales en peligro constante no se habla en estos acuerdos. Tampoco se menciona la restauración de la justicia y los derechos humanos violados. De libertad, paz, respeto por las identidades étnicas y religiosas, y de una vida cotidiana reparada, no hay rastro. La Pax americana es, aquí en África como en otros lugares del mundo, esencialmente ligada a una estrategia comercial y de inversión privada.
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