En la isla de Pemba, ¿dónde hacer nacer a Jesús?
Antonella Palermo - Ciudad del Vaticano
“A veces intercambiamos felicitaciones navideñas por costumbre, seamos sinceros. Se ha convertido casi en una fórmula sin sentido. Y quizás redescubres ese sentido cuando formas parte de una ‘minoría’, cuando no se reciben ni se pueden dar felicitaciones. Y, sin embargo, a pesar de esto, intercambiamos lo que tenemos, una semilla de buena amistad. Y eso basta”, observa Federica Maifredi, laica fidei donum de la diócesis de Brescia, en Italia, de donde es originaria, quien vive en la isla de Pemba, en Tanzania. Conversando telefónicamente con ella, se escucha de fondo la constante llamada a la oración del muecín. La población allí es casi en su totalidad musulmana. “Este año es nuestra primera Navidad aquí y es particular porque nadie la celebra, excepto nosotros. Como comunidad cristiana, somos unas cien personas. En la parroquia, preparé el pesebre con otras mujeres, que limpiaron y decoraron para acoger al Niño Jesús. Pero nada en el exterior transmite este ambiente festivo y solemne. Mi marido y yo organizamos un almuerzo con otros expatriados. Siete u ocho personas en total. Todos preparamos algo y pasamos tiempo juntos”, relata, remontándose a los orígenes de su deseo de dejar su zona de confort en Italia y comenzar un servicio de voluntariado que la llevaría a varios países de África y el Sur Global.
Ir a donde hay necesidad
Era 2006, Federica tenía 26 años y su deseo de ser voluntaria era cada vez más evidente. Su primera experiencia fue en Togo y luego en Brasil. Siendo hija única, llegó el momento de comunicarle a sus padres su intención de dedicarse a esto a largo plazo. “Trabajaba en una oficina -recuerda- y me dijeron que no sería automático encontrar trabajo de nuevo al regresar. Mis padres estaban perplejos. Vine a Roma durante tres meses para hacer un curso con las monjas canosianas, y en lugar de un año, terminé teniendo que estar fuera dos años: primero en Egipto, con refugiados sudaneses, y luego, en 2008, en Sudán, un país por el que todavía se me rompe el corazón al pensar en los ataques, de los que supe en estos días, contra una aldea cerca de El-Obeid, donde yo vivía. Allí hay gente muy pacífica que solo quiere vivir una vida sencilla de agricultura y ganadería, y no pide nada más. Es impresionante lo que está sucediendo allí. Es doloroso. Viví allí un tiempo que me gustó mucho y en el que me di cuenta de que quería continuar en la misión ad gentes. Así que me presenté de nuevo, y la monja a la que me dirigí me envió a Togo, donde ya había tenido la oportunidad de conocer el dispensario y a una misionera laica que me hizo apasionar por esta elección de vida. La aventura comenzó en 2009”.
De las afueras de Lomé, en 2012 se mudó a otro pueblo del país. Tres años después, también de la provincia de Brescia, llegó Andrea, quien se convertiría en su esposo. “No nos conocíamos, pero poco a poco, reconstruimos una red de amistades mutuas. Él también era hijo único, vivía con su madre y compartía los mismos deseos, valores e ideales míos. Es agrimensor y conoce el oficio de electricista y el de albañil. Era un recurso muy útil para la misión. Mientras tanto, nos enamoramos; yo tenía 35 años. Nunca había considerado el matrimonio, aunque no lo descartaba, pero conocí a la persona con la que podía compartir una vida así. Una vocación individual que, de este modo, se duplicó, representando algo nuevo y, debo admitirlo, en aquel momento también generó cierta incomprensión entre quienes nos veían desde fuera”. A esta pareja de novios les resultó útil regresar por un tiempo a sus lugares de origen, donde pudieron consolidar su decisión de casarse, mientras que regresar a Togo parecía casi imposible. “En el centro misionero diocesano nos propusieron ir a una casa familiar en Perú, donde, como pareja, debíamos acompañar a un grupo de adolescentes. Aunque no teníamos experiencia previa de este tipo, nos recibieron y pasamos dos años y medio allí, donde posteriormente nos casamos”.
Estar dispuestos a partir
La de Federica no fue una huida, sino comprender gradualmente que su centro de gravedad estaba en otro lugar, en la necesidad de una simple presencia, una pequeña llama de esperanza. Sí, la esperanza de una paz cuya fragilidad experimentaría en la República Democrática del Congo, su próximo destino. “Estábamos en el estado de Itturi, al noreste del país, fronterizo con Uganda, una zona conflictiva, cerca de Kivu. Nunca había visto tanta gente llenando la iglesia a todas horas: gente que nunca ha tenido nada, solo desgracias, arrodillada durante tantas horas rezando. Ver, por ejemplo, la imagen de la Virgen en procesión era como verla viva y saludarla con un pañuelo, con alegría. Era gente que recibía el Evangelio, aferrada a él con uñas y dientes, y que espera, espera la salvación. Para ellos, el Evangelio es lo único que puede ayudarlos”. Federica recuerda cuánto le habría encantado conocer al Papa Francisco durante su viaje apostólico en 2023, pero como se requerían tres vuelos internos, enviaron una pequeña delegación. “Sentíamos que el Papa era más que un pastor; siempre lo percibimos como uno de nosotros... Que hablara tanto sobre el perdón en una tierra desgarrada por la guerra y las masacres fue desafiante y difícil. Lo que viví en el Congo...”. Las palabras no alcanzan para describir la devastación. Entonces intenta recordar un episodio.
“Ocurrían cosas aterradoras. Una noche, alrededor de la una, oímos disparos; era bastante normal oírlos, la verdad. Pero esa vez, seguidos de gritos y ruido de motocicletas. Al día siguiente, nos enteramos de que nuestro vecino, que trabajaba en una tienda de teléfonos, había sufrido un robo a mano armada por parte de una pandilla. Le ordenaron que entregara su dinero, lo cual hizo, pero dijeron que eso no era todo. Entonces, para demostrar que no bromeaban, le dispararon en las piernas a su esposa embarazada, que estaba en la cama. También estaba un niño que venía a nuestra guardería. Insatisfechos, cuando el hombre dijo que tenía que llevar a la mujer al hospital, la mataron a tiros. ‘¡Basta!’, dijeron. Le dispararon en el pecho. Unos jóvenes en motocicleta denunciaron lo sucedido a la policía, que respondió que no tenían gasolina en el coche y que no podían ir. Ese es uno de los mayores problemas en contextos como este: la complicidad. La noche siguiente, las monjas nos dijeron que nos quedáramos con ellas. Siempre llevábamos las mochilas listas con documentos y dinero. Luego las cosas se resolvieron, pero durante el tiempo que estuvimos allí, no podíamos estar tranquilos. Cuando pasaban camiones haciendo ruido o perdiendo su carga, no sabíamos si eran explosiones u otra cosa... Fueron tres años intensos. Durante ese tiempo, yo estaba en la guardería y daba clases de italiano a las postulantes. Andrea estaba en la biblioteca, que reestructuró, e implementó cursos de informática”. Federica recuerda una época tan dolorosa como hermosa, dice, por la oportunidad que tuvo de integrarse en la realidad local, respondiendo a las necesidades que venían “desde abajo”, con total sencillez: “A menudo te hablan de proyectos predefinidos que resultan ser solo ideas: quizá te proponen trabajar en una escuela y luego, una vez allí, descubres que la escuela aún no existe”.
El valor de un testimonio silencioso
Sobrevivir en la aldea de Aru con la guerra constantemente a la vuelta de la esquina se volvió insostenible. La posibilidad de refugiarse en la vecina Uganda durante unas semanas parecía prometedora, pero la idea de regresar a la República Democrática del Congo finalmente se consideró imposible. “Nunca regresamos: el ejército ugandés había entrado en el país y había rebeldes por todas partes. Esto ocurrió la primavera pasada. El ejército congoleño era ridículo, completamente destartalado: hombres de treinta o cuarenta kilos, con fusiles antiguos. A menudo, con el pretexto de realizar rondas de seguridad, se aprovechaban de las mujeres, de la comida. “A este punto -cuenta Federica- no puedes negarte si quieren entrar en tu casa; tienes que dejarlos entrar. Y cualquier cosa puede pasar”. Fue en medio de esta situación, una vez más incierta, que algunos cooperantes de la asociación LVIA, fundada en Cuneo por Aldo Benevelli, un sacerdote misionero partisano, identificaron en Andrea el perfil adecuado para un nuevo trabajo en Pemba, en el archipiélago de Zanzíbar. “Teníamos que decidir en un mes, pero no era fácil interrumpir todo. El empeoramiento de la situación en el Congo aceleró todo; nos dimos cuenta de que debíamos aprovechar la oportunidad y nos trasladamos”. Federica estaba acostumbrada a cambios constantes en sus muchos años de misión, pero esta vez era un verdadero salto a lo desconocido. “¿Qué habría hecho en un contexto completamente musulmán?”.
Después de nueve meses, Federica hoy puede decir que está muy contenta, ya que poco a poco han surgido nuevos ámbitos donde puede ofrecer sus servicios. Tres veces por semana, asiste a una guardería musulmana privada con unos sesenta niños, la misma cantidad de la escuela preescolar. “Me encanta. La directora me ha tomado cariño, me adora. Es madre de seis hijos y me trata como si fuera su sobrina. Me acompaña al mercado, a menudo me invita a su casa y me da consejos. Es hermoso. Además, tres tardes voy a la parroquia a prestar un servicio de asistencia extraescolar. Me ofrecí, aunque solo fuera para limpiar la iglesia”. Es el desafío de una posible convivencia que se descubre poco a poco, con paciencia, modestia y la confianza para adaptar las propias habilidades cada vez. “En Europa, en Italia, se habla a menudo de integración, pero se corre el riesgo de convertirla en una palabra un poco vacía, en un intento de convencerse de que es algo bueno”, explica. “Aquí simplemente la vivo, en el respeto mutuo. Y esto abre la posibilidad de dar testimonio, aunque sea silencioso y sin señales, para llevar a Jesucristo. Hay que ser buenos cristianos, o al menos intentarlo, ser honestos, sinceros, eso es todo. A menudo he oído decir aquí: ‘Los cristianos son buenas personas’. Es algo hermoso. Aquí hay mezquitas por todas partes. Cada cinco horas, el muecín llama a la oración. Esto me cuestiona. Me pregunto: ¿En qué punto está mi diálogo con Dios? ¿Ha crecido? ¿Es constante? ¿Es por conveniencia? ¿Sigo rezando mis pequeñas oraciones en Misa o antes de ir, o pienso en ello constantemente durante el día? Ellos dejan sus actividades para ir a orar quince minutos y luego vuelven a la vida ordinaria. ¿Cuán a menudo me detengo a hablar con el Señor? ¿Cuántas veces, en medio de las prisas, me detengo y le digo lo que quiero decirle al Señor? Aquí, por ejemplo, los pescadores, mientras recogen sus redes y golpean el pulpo contra la roca, se detienen a la llamada del muecín, se arrodillan y oran. Es hermoso. ¿Cuántas veces nos da vergüenza hacer la señal de la cruz afuera de un restaurante?”.
Con los niños
Las palabras de Federica revelan cierta preocupación por el futuro medioambiental de la isla, que por ahora no se ve afectada por el turismo que ha saturado la otra isla principal del archipiélago de Zanzíbar, Unguja. “Ya podemos ver los cambios en las carreteras, las empresas que amplían el aeropuerto y las obras de nueva construcción. Los 300.000 lugareños rechazan la homogeneización del turismo de masas”. Por suerte, están los niños: encantadores, espontáneos y con ojos brillantes. “A diferencia de Togo o el Congo, aquí tienen una familia sólida. La poligamia es común, pero la familia cuenta mucho. No hay niños que se acurruquen en tus brazos ni se aferren a tus piernas; no buscan esa conexión personal que llena el vacío de un núcleo familiar. Los abuelos son importantes, las tías son importantes. Los educan desde pequeños para que respeten a todos. Y naturalmente tienen todas las peculiaridades de los niños, con su entusiasmo, y mientras tiran piedras para coger fruta de los árboles, a veces también las tiran contra las casas”. Es precisamente en los niños en quienes se centra la atención: el sacerdote tiene la idea de construir una escuela laica (guardería y primaria) para acoger al mayor número posible de alumnos, y también para atender las necesidades de un amplio segmento de la población católica, profesores, militares, personal de ONGs, etc., que viven aquí y que en muchos casos se ven obligados a separarse para llevar a sus hijos a la escuela en Tanzania. Federica participa con esperanza en este proyecto, para el que pide apoyo e intenta explicar lo que significa para ella vivir la esperanza del Jubileo: “En Pemba, la esperanza es poder ayudar. Significa cada día, verdaderamente cada día, intentar dar, ser, usar pequeños gestos de bondad que puedan conmover, desarmar a los demás, desactivar el odio”. Y se detiene a observar cómo hoy en día gran parte de la belleza de las relaciones se pierde en medio del ritmo frenético de las grandes ciudades, donde “no hay tiempo para mirar a los demás a los ojos, para percibir cómo están. ¿Una carrera para llegar a dónde?”.
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