En Panamá congreso sobre la prevención de abusos y pastoral de la comunidad sorda
Rocío García - Ciudad del Vaticano
La Iglesia en América dio un nuevo paso en el fortalecimiento de la cultura de la prevención y la inclusión con la celebración de un Congreso Internacional que se desarrolla del 8 al 11 de julio en Panamá bajo el lema: “Enfrentar el camino con valentía: cambiar la cultura del abuso”.
Organizado por Jóvenes Católicos Sordos de las Américas (DCYIA), en colaboración con la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores, el Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME), el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM) y la Arquidiócesis de Panamá, el congreso desea impulsar una pastoral que responda con mayor eficacia a los desafíos de la prevención y la atención de las personas sordas.
La apertura estuvo marcada por la celebración de la Eucaristía, presidida por Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A., arzobispo metropolitano de Panamá. En su homilía, invitó a construir una Iglesia que no permanezca indiferente ante el sufrimiento, sino que se deje interpelar por el dolor de las víctimas, escuche con humildad sus testimonios, promueva la verdad y la justicia, y haga de la protección de las personas más vulnerables un compromiso permanente.
Una realidad de silencio que reclama escucha y acompañamiento
Ese llamado encuentra fundamento en una realidad que durante años ha permanecido poco visible. Diversas investigaciones señalan que la mayoría de los niños sordos nace en familias oyentes y que solo una minoría de sus padres aprende la lengua de señas. Esta brecha en la comunicación desde los primeros años de vida incrementa su vulnerabilidad frente a distintas formas de abuso y, cuando estos ocurren, dificulta que las víctimas puedan denunciar los hechos y acceder a espacios de escucha y acompañamiento.
A la luz de este panorama, monseñor Ulloa hizo un llamado a asumir un compromiso renovado para promover espacios de escucha, acompañamiento y atención, capaces de responder con mayor cercanía a las necesidades de las personas más vulnerables. “No basta con lamentarnos por el pasado. El Señor nos pide sembrar una cultura nueva. Una cultura donde toda persona sea escuchada. Donde la prevención sea una prioridad. Donde la transparencia sea un compromiso permanente. Donde la dignidad humana esté siempre por encima de cualquier interés institucional”.
La autoridad debe sanar, proteger y devolver esperanza
El arzobispo también afirmó que responder a esta realidad exige una auténtica conversión pastoral, capaz de transformar la manera de pensar, de ejercer la autoridad y de relacionarse con los demás. Explicó que la autoridad no puede entenderse como un espacio de dominio, prestigio o privilegio, sino como un servicio que sana, protege y acompaña a quienes han sido heridos. “La autoridad es para sanar. Para liberar. Para acercarse a quien está herido. Para devolver esperanza. Si la autoridad no sana, deja de parecerse a Cristo. Si no protege, pierde credibilidad. Si no escucha, deja de anunciar el Reino”.
Asimismo, reconoció que, durante muchos años, se esperó que las personas sordas se adaptaran a las estructuras pastorales existentes. Sin embargo, subrayó que hoy el desafío es el contrario: es la Iglesia la que debe aprender el lenguaje del encuentro, comunicarse de manera accesible, derribar barreras y garantizar una participación plena de las personas sordas en la vida eclesial.
Dirigiéndose a los participantes de la comunidad sorda, monseñor Ulloa recordó que su presencia en el Congreso trasciende cualquier gesto de inclusión. “Ustedes no están aquí simplemente porque queremos servirlos. Están aquí porque son discípulos misioneros. Son protagonistas de la evangelización. Necesitamos su liderazgo. Necesitamos su voz. Necesitamos caminar juntos”. expresó
Escuchar a las víctimas: un camino para parecerse a Cristo
El prelado reafirmó también su compromiso con las víctimas de abuso y subrayó que la Iglesia en América Latina está llamada a profundizar una cultura de escucha, acompañamiento y protección. Señaló que este camino exige reconocer el dolor de quienes han sufrido, abrir espacios de reparación y asumir una transformación profunda en la vida eclesial. “Deseamos escucharlos. No para justificar. No para defendernos. Sino para aprender. Para reparar. Para cambiar. Porque una Iglesia que escucha a las víctimas comienza realmente a parecerse a Jesús”.
Finalmente, expresó su deseo de que el congreso dé frutos concretos en cada una de las Iglesias particulares representadas. Animó a los participantes a regresar a sus países con el compromiso de construir comunidades más seguras, convencidos de que la prevención forma parte de la misión evangelizadora y de que proteger a los más pequeños y vulnerables no es una tarea secundaria, sino una expresión concreta del Reino de Dios.
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