Líbano, Obispos católicos Greco-Melquitas: Detener las demoliciones en las aldeas
Beatrice Guarrera - Ciudad del Vaticano
"Profundo dolor y preocupación" ante las noticias procedentes de la ciudad de Yaroun y las aldeas fronterizas "sobre las demoliciones y la destrucción perpetradas por las fuerzas israelíes, dirigidas contra lugares e instituciones religiosas, así como contra las viviendas de los residentes del sur". Así expresó el Sínodo de la Iglesia Católica Greco-Melquita, presidido por el Patriarca Youssef Absi, en un comunicado emitido este lunes 4 de mayo, también en nombre de los Obispos y superiores de las órdenes religiosas en el Líbano.
Una herida a la conciencia humana
Esto, escribieron los Obispos, constituye «una profunda herida a la conciencia nacional y humana, especialmente porque estas acciones se producen en zonas deshabitadas bajo control militar israelí absoluto». «Iglesias, escuelas, centros parroquiales y hogares», afirmaron los obispos, «son lugares de oración, educación, servicio y vida». «Atacarlos es un ataque a la dignidad humana y al derecho a la tierra y al hogar». Proteger la propiedad civil y las instituciones religiosas, educativas y sociales en estas aldeas es también una responsabilidad que recae sobre Israel, como potencia que controla esas zonas.
El sufrimiento del Líbano
Los Obispos enfatizan que «lo que Yaroun está viviendo hoy no es un incidente aislado, sino parte de un patrón más amplio de demoliciones» que ha afectado a numerosas aldeas en la frontera sur, «exacerbando el sufrimiento de sus habitantes». El sufrimiento de Yaroun y las aldeas fronterizas, según los Obispos, «es el sufrimiento de todo el Líbano». Por este motivo, el Sínodo de la Iglesia Greco-Católica Melquita exige el cese inmediato de las operaciones de demolición para permitir el regreso seguro de los residentes.
Un llamamiento para la protección de la población civil
Los Obispos, por consiguiente, hacen un llamamiento al gobierno libanés, a las Naciones Unidas y a las organizaciones internacionales para que adopten medidas concretas que protejan a la población civil, sus propiedades y sus instituciones religiosas, educativas y humanitarias, y para que no abandonen las aldeas fronterizas a merced del silencio, la destrucción o el olvido. «La Iglesia», concluyen, «permanecerá al lado del pueblo, compartiendo su dolor, defendiendo el derecho a la tierra, la vivienda y la dignidad, y abogando por una paz justa que proteja a la humanidad y devuelva la vida a cada hogar y aldea».
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