La fe de la Madre Reina Angélica de las Siervas de la Misericordia de Dios
Patricia Ynestroza - San Salvador
La Madre Reina Angélica, fundadora de la congregación de las Siervas de la Misericordia de Dios, comparte una experiencia marcada por el discernimiento espiritual, la obediencia a lo que ella percibe como la voluntad de Dios y la construcción de una obra religiosa que nació entre dudas, señales y profundas convicciones de fe.
El testimonio de la Madre Reina Angélica presenta la fundación de las Siervas de la Misericordia de Dios como un camino de fe atravesado por incertidumbre, obediencia y perseverancia. Desde un llamado interior hasta la construcción de un santuario, su relato refleja una experiencia profundamente espiritual centrada en la misericordia, el servicio a los pobres y la confianza en la voluntad de Dios.
Un llamado en medio del discernimiento
Durante su vida en Estados Unidos, la Madre Reina Angélica inició un proceso de discernimiento espiritual de aproximadamente dos años, guiado por su director espiritual. En ese tiempo se le pidió escribir todo lo que experimentaba interiormente para ayudar a clarificar si debía dejar su congregación para comenzar una nueva obra.
En ese proceso, comenzó a surgir de manera reiterada un mensaje interior: la fundación de una comunidad en un lugar llamado Osicala, en El Salvador, un sitio que ella desconocía completamente a pesar de ser salvadoreña. Este llamado se repitió hasta tres veces en su oración y escritura, lo que la llevó a buscar confirmación espiritual sobre el lugar.
“Señor, ¿dónde queda Osicala?”, recuerda haber preguntado, recibiendo en su interior la respuesta de que se encontraba en El Salvador. A partir de ese momento, la idea de fundar en ese lugar comenzó a tomar forma en su camino vocacional.
El inicio de la misión en El Salvador
Al regresar a El Salvador, el proceso de discernimiento continuó en diálogo con sacerdotes y acompañantes espirituales. Sin embargo, el nombre de Osicala no era fácilmente reconocido ni aceptado como destino inmediato de misión.
En sus primeros pasos, la Madre y su comunidad comenzaron a trabajar en otras zonas como La Unión, Conchagua y áreas rurales del oriente del país, incluyendo territorios como Perquín y Torola, marcados por condiciones difíciles y, en algunos casos, por el contexto del conflicto armado.
Durante este tiempo, la misión consistía en acompañamiento pastoral, visitas misioneras y servicio a comunidades vulnerables, especialmente los fines de semana, enfrentando condiciones de transporte precarias y situaciones de riesgo.
La insistencia del llamado a Osicala
A pesar de las dificultades, el nombre de Osicala volvió a aparecer en su camino de distintas maneras, incluso a través de conversaciones con autoridades eclesiales.
Fue un obispo quien, en una reunión, volvió a mencionar la posibilidad de fundar en Osicala. Para la Madre Reina Angélica, este fue un momento decisivo: “Ahí sí dije, esta es la voz de Dios”, recuerda.
Con el apoyo del obispo y la orientación de alquilar una casa como punto de inicio, la comunidad se trasladó al lugar, comenzando una nueva etapa de misión.
El nacimiento del proyecto del santuario
Ya instalada en Osicala, la Madre experimentó nuevamente una inquietud interior. En la oración, sintió que Dios le pedía algo más grande: la construcción de un santuario.
Tras dialogarlo con el cardenal Gregorio Rosa Chávez, la idea fue recibida con asombro por su magnitud. Sin embargo, la comunidad decidió continuar en discernimiento y fe.
En medio de la búsqueda de un terreno, surgieron múltiples intentos fallidos hasta que, según su testimonio, encontró un lugar que sintió claramente como el elegido. Allí, tras orar intensamente, afirmó reconocer la voluntad de Dios.
Incluso relata que un signo simbólico, la presencia de una planta conocida como “Corona de Cristo”, reforzó su convicción de que ese era el lugar destinado para la obra.
La construcción entre la fe y la incertidumbre
El inicio del proyecto del santuario estuvo marcado por grandes desafíos económicos y administrativos. Aunque se planificó una construcción inicial con recursos limitados, la comunidad enfrentó dificultades para cubrir los costos.
En un acto de fe, la Madre anunció el inicio de la construcción del santuario, confiando en la providencia. Sin embargo, poco después surgieron obstáculos legales relacionados con permisos eclesiales formales, lo que obligó a pausar y reorganizar el proceso.
A pesar de ello, la obra continuó avanzando con el apoyo de benefactores, pequeñas donaciones y gestos solidarios de personas locales y migrantes, especialmente salvadoreños en el extranjero.
Durante la pandemia de COVID-19, la situación se volvió aún más compleja, con interrupciones en la construcción y reducción de recursos. Sin embargo, la comunidad afirma haber recibido ayudas inesperadas que permitieron sostener el proyecto.
Un carisma centrado en la misericordia
La congregación de las Siervas de la Misericordia de Dios tiene como carisma central ser instrumento de la misericordia de Dios, con una opción preferencial por los más pobres, sin exclusiones.
En la práctica, su misión se desarrolla principalmente en hospitales, donde acompañan a los enfermos no solo en lo espiritual, sino también en lo humano y material cuando es posible.
Además, la congregación ha impulsado albergues para familiares de pacientes hospitalizados, ofreciendo apoyo a personas en situaciones de vulnerabilidad, especialmente madres de niños con enfermedades graves.
El acompañamiento se extiende incluso a momentos de duelo, brindando apoyo emocional, espiritual y, en algunos casos, ayuda material para los servicios funerarios.
Una obra sostenida por la providencia
A lo largo de su testimonio, la Madre Reina Angélica subraya la importancia de la fe y la confianza en la providencia divina como motor de toda la obra. Destaca también el apoyo de personas migrantes y benefactores anónimos que han contribuido al sostenimiento del santuario y de la congregación.
Para ella, la historia de la fundación no es solo un proceso institucional, sino una experiencia espiritual guiada por señales, oración y discernimiento constante.
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