En Belén, la Crèche de las vicentinas: amor para los pequeños sin familia
Giordano Contu - Belén
Un terremoto recorre las salas de la Crèche, provocado por la energía leve pero poderosa de los niños. Como Yousef, que ríe mientras una religiosa lo levanta de la cuna; como Mariam, que corre sin soltar su pelota amarilla; y como el pequeño Omar, que espera inmóvil una caricia. Es su petición de amor la que impregna cada rincón del orfanato de la Sagrada Familia de Belén, gestionado por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.
Aquí, entre miradas y abrazos que despiertan una emoción inevitable, la vida transcurre entre rotuladores de colores y juguetes. Las religiosas protegen a estos pequeños hasta los seis años, garantizándoles alimento, educación y cuidados médicos.
Los niños como Jesús
"Estos niños son huérfanos, abandonados o encontrados en la calle. Es una realidad dramática desde todo punto de vista: muchos de ellos provienen de situaciones familiares extremas, a menudo de madres jóvenes que se ven obligadas a separarse de sus hijos por miedo a ser asesinadas por sus familias. Las monjas acogen a los recién nacidos, los crían, los aman", explica a los medios vaticanos el superior provincial de los Vincencianos, padre Karim Maroun. "Estos niños son un poco como Jesús: nacidos en la fragilidad, el abandono, en una sociedad herida. Necesitan mucho amor y mucha ternura. Y hay un gran misterio: tienen un hogar, comida, cuidados, afecto, pero siempre queda la nostalgia de mamá y papá".
La organización de la Crèche
El orfanato de Belén acoge a 45 niños residentes. También ofrece un servicio de guardería diurna para otros 35 pequeños, hijos de familias pobres que trabajan durante el día. En total, son alrededor de 80 los niños atendidos hasta los seis años de edad. La estructura está organizada con esmero: cuenta con una cocina, un comedor, la iglesia con su capilla, los dormitorios, las aulas y los espacios de juego.
Los dormitorios están divididos según la edad: la sala cuna para los recién nacidos hasta los nueve meses; la sala de cunas, hasta el año y medio; la de camitas, hasta los tres años; y, finalmente, la habitación con camas para los más grandes. La educación también se organiza por grupos de edad, con aulas específicas: la sala nido, las aulas intermedias y las destinadas a los mayores.
Todo esto es posible gracias a un equipo de unas 70 personas, entre religiosas, educadores, médicos y voluntarios.
Acogerlos cuando son rechazados
"En Belén, la Navidad llega una vez al año, pero aquí celebramos a Jesús vivo todos los días", señala hermana Laudy Fares, quien desde hace veinte años cuida a los niños del orfanato. "Nosotros no hacemos catequesis con palabras, nuestra identidad se manifiesta a través de lo que somos y lo que hacemos. Acogemos a Cristo entre nuestros brazos, porque estos niños han sido rechazados por la sociedad. Aquí encuentran afecto, brazos abiertos y amor".
Un apoyo, sin embargo, que tiene una duración limitada. "Podemos acompañarlos solo hasta los seis años", continúa la hermana, "y cuando deben irse, siempre es doloroso. Después, no sabemos cuál será su camino, qué futuro les espera. Por eso nuestra presencia aquí, en Belén, es tan importante: para cuidar de ellos, cada día, mientras podamos". Hasta que sean entregados al sistema estatal palestino.
La intervención de la Providencia
El padre Maroun describe esta realidad, por un lado, como una "herida abierta" y, por otro, como un "milagro cotidiano". El aspecto dramático es que "hay madres completamente solas que, sin apoyo familiar, a través del boca a boca y por internet, piden ayuda en los hospitales. Después del parto, renuncian a cualquier derecho sobre el niño, para regresar a sus familias, mientras que el niño queda al cuidado de las Hijas de la Caridad".
El aspecto positivo es que "desde el punto de vista económico, la Crèche se sostiene casi exclusivamente por donaciones privadas: peregrinos cristianos que se hospedan en la casa de huéspedes, israelíes y familias palestinas que recogen dinero para ayudar a las religiosas". Todo esto es posible "solo gracias a la Providencia y a las donaciones, gracias a lo que nosotros llamamos nuestras ‘manos blancas’", añade Fares. "Cada persona que entra trae lo que puede, incluso una sola moneda para nosotros es una fortuna. El Señor nunca nos abandona".
Afecto y amor
El objetivo es dar dignidad, amor y futuro a estos niños. Los peregrinos que visitan la Crèche se encariñan mucho y el afecto es mutuo. Hay una historia que a la hermana Fares le ha quedado especialmente en el corazón. "Una vez vino un grupo desde Francia. Entre ellos había una mujer que, cuando era niña, había sido abandonada, pero tuvo la suerte de ser acogida en una familia. Cuando vio a los niños, se conmovió profundamente. Dijo: ‘Yo tuve una familia y me casé, pero estos niños no tienen futuro, porque la adopción está prohibida aquí. Yo podría haber sido una de ellos, pero tuve una oportunidad’. Estas palabras me impactaron profundamente. Nosotros los cuidamos, los amamos, pero siempre hay algo que falta: una familia. Ese es el dolor más grande".
Alrededor de estos pequeños hay una cadena de solidaridad formada por voluntarios, médicos, donantes, peregrinos y vecinos del barrio que traen comida, leche, ropa, juguetes, pañales, mantas. Y así es como a los niños de la Crèche les llega afecto, vida y, sobre todo, amor.
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