Una esperanza cuaresmal para testimoniar la fe
Johan Pacheco
En el camino de “la esperanza que no defrauda” (Rm 5,5), somos llamados a la conversión en este tiempo litúrgico de la Cuaresma. Reconociendo la miseria de nuestros pecados y la necesidad de la misericordia de Dios que es infinita. Por ello, el signo de la Ceniza que abre la puerta a la Cuaresma, nos deja una marca del reconocimiento de la fragilidad de la humanidad pecadora y del poder de la Cruz salvadora del Señor, que no abandona, sino que abraza con su amor.
Y dejándonos atraer por esa llamada a la conversión y la reconciliación, este tiempo nos permite vivir las prácticas cuaresmales de la oración, el ayuno, y la caridad. No como un formalismo de normas para llegar a la Pascua, sino como experiencia de verdadera misericordia. Jesús lo decía a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial” (Mt 6, 1-6. 16-18).
Para vivir este camino espiritual de Cuaresma durante este Año jubilar, el Papa Francisco nos invita en la Bula de convocación del Jubileo Ordinario 2025 Spes non confundit (18) a que lo hagamos conducidos por la virtud de la Esperanza: “para testimoniar de manera creíble y atrayente la fe y el amor que llevamos en el corazón; para que la fe sea gozosa y la caridad entusiasta”.
Así, la esperanza cuaresmal que nos lleva a vivir los misterios dolorosos de Jesús, que da la vida por la salvación de la humanidad, nos ayuda a concretar la manifestación de la caridad con el prójimo y la fuerza de la fe que nos conducirá a la Pascua.
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